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(Tumblr, 2016)

Cuando recibí el conejo era pequeño, esponjoso y tenía una carita que mataba de ternura a cualquier ser humano, le regalé mi jardín para que ahí viviera. Todos los días llenaba su cuenco con agua, le acariciaba y daba los mejores manjares que un animal pudiera desear: frambuesas, mangos, plátanos.

Mi afecto por él fue creciendo hasta llegar a tal grado que sentía un verdadero amor hacia el conejito, le abrazaba y trataba con mucho cariño, el me correspondía lamiendo mi brazo y mirándome con esos tiernos ojos.

Así fue pasando el tiempo hasta que comenzó a devorar las plantas de mi jardín, mis grandiosas flores, los helechos y árboles que con tanto esfuerzo había logrado plantar y cultivar, luego las más pequeñas que eran delicadas y apenas estaban comenzando a crecer.

Ya no respetaba mi espacio y quería tomar como posesión la casa también, me arañaba al querer abrazarlo pero lo que más enojo me provocaba era que detrás de esas horribles acciones, seguía su cara de ternura que hacía más difícil que me enfadara con él.

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(Tumblr, 2016)

Pasaron los meses y yo seguí aguantando sus malas actitudes, fiel al amor que le profesaba todavía le daba deliciosa comida y cuidaba de él. Se convirtió en mi amo y yo su esclavo, temía llegar un poco tarde a la casa porque se podría sentir abandonado. Tenía que despertarme a cierta hora para sacarlo a pasear, sus comidas tenían un horario específico y así con el miedo me hice su esclavo.

Uno podría pensar: ¿Cómo puede ser posible que una criatura que matarías de un pisotón, te controle a ti? Y esa era la misma pregunta que yo me hacía, pero era el miedo que camuflado en amor, me hacía creer que lo que sentía por él era puro y mis acciones estaban justificadas.

Me deprimí, mi piel y cabello perdieron color, dejé de comer y de estar tranquilo. Todo el día sentía la ansiedad de sentir que no hacía lo correcto por el conejo,  que fuera a enojarse conmigo, que le desagradara mi actitud y que un día llegara a la casa a encontrar una carta que dijera: “Me fui ya no te soportaba más”.

Y así fue como pasó, un día al llegar a mi casa y buscar debajo de cada sillón, mesa o mueble y no encontrar rastro del objeto de mi tormento, sentí miedo, terror y pánico. Que poco a poco se convirtió en alivio.

Los primeros días fueron difíciles al perder la costumbre de mi día a día, pero todo era más tranquilo. El estrés disminuyó, volví a comer y mi vitalidad mejoró; pero esto no duró mucho ya que pasadas varias semanas mi pesadilla regresó.

Primero escuche los rasguños en la puerta de la entrada, como si alguien quisiera entrar. Pensé que era un sueño así que me refugié debajo de las sábanas calientes y regresé a la fantasía onírica, pero pasado un rato escuché un ruido en la entrada de mi cuarto y al voltear, ahí estaba el conejo, con esa maléfica mirada que no expresaba nada más que ternura. Esperando a que lo atendiera y lo recibiera de vuelta.

Tristemente eso hice… Mi rutina volvió a ser la misma y toda mi persona decayó de nuevo, en mi mente un pensamiento comenzó a crecer. Al principio era un cosquilleo que con el paso del tiempo se convirtió en un martilleo incesante que me decía, “mátalo, sabes que es la única opción”, yo me negaba a creer en esto. Así que tapaba mis oídos y sofocaba la idea que me acechaba.

Pero no se iba y seguía lastimándome, hasta que un día incapaz de seguir con el parloteo mental, decidí hacer otra cosa para satisfacer mis más oscuros deseos. Tomé al conejo y lo llevé a un bosque.

Me quedé inmóvil unos minutos, que pronto se tornaron en una eternidad, dudé de cometer el acto que me había propuesto; tal vez el conejito no era tan malo como yo creía. Podría cambiar si yo se lo pedía, era tan lindo y bueno. Su pelambre era suave y olía bien.

Book

(Tumblr, 2016)

Logré disipar la incertidumbre que nublaba mi juicio y sin pensarlo dos veces, lo solté y jure no voltear atrás, ni siquiera un segundo por el espejo retrovisor, yo sabía que él iba a encontrar su camino y me sentía agradecido por todo lo aprendido. Derramé una… dos… tres… lágrimas que se convirtieron en un diluvio que inundó mi cara, pero al poco tiempo el alivio me embargo y fue así como cerré el capítulo de un episodio tormentoso de mi vida.

 

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