El inicio de la aventura, después de meses de planificación se hace realidad el sueño, dos personas, padre e hijo, con casi nula experiencia en camping y roadtrips, emprenden un viaje por toda La Baja California Sur, desde las playas de Los Cabos San Lucas, hasta la salinera más grande del mundo Guerrero Negro,  aproximadamente 950 km.

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Es muy interesante realizar un viaje así porque aprendes a sentirte bien en toda la incomodidad que rodea a la experiencia, desde no tener un baño al que ir, hasta dormir en el suelo, comer al aire libre, que a primera instancia parece algo desagradable para muchas personas, pero ser nómada se convierte en un estilo de vida que otorga libertad.

Dejas de estar atado a tus pertenencias, a un lugar, a ciertas personas, porque el camino se vuelve tu hogar, es sorprendente la cantidad de gente agradable que conoces, el gran número de cosas que descubres cuando sales de tus cuatro paredes, de esa burbuja de seguridad.

Tomamos carretera a eso de las 9:30 y nos dirigimos desde Los Cabos San Lucas, hasta La Paz, ahí paramos a comprar provisiones para poder seguir nuestro camino, continuamos y mientras comíamos kilómetros, pasábamos ciudades como Constitución e Insurgentes, llegamos al cruce de Agua Verde y nos paramos en una choza, en medio de la nada, a comer; primera lección aprendida, siempre pide platillos típicos de la región, me sirvieron los mejores burritos de machaca que he comido en mi vida, aunque tenía un nudo de angustia en la garganta, porque a nuestro alrededor habían tres federales, me sentía en una película de Quentin Tarantino, donde de pronto la situación explota y todo se convierte en sangre y violencia.

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Los paisajes de La Baja Sur, son poesía pura, porque conforme las ruedas devoran los kilometros de carretera, a los lados observas un sin fin de cactus, plantas del desierto, zopilotes, pero ninguna casa o comercio. En un abrir y cerrar de ojos el camino deja de ser una línea recta al pasar Ciudad Constitución y Ciudad Insurgentes, y te adentras a la sierra de La Giganta, donde las curvas son tan cerradas que a momentos piensas que no vas a salir vivo de ahí, la temperatura haciende de los 35 a los 42 grados centigrados,  de pronto volteas a tu lado derecho y puedes ver el mar, de un azul intenso y contrastante al paisaje desértico al que te acostumbraste.

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Llegamos al atardecer a Bahía Concepción y nos instalamos en la playa “El Requesón”, una de las más bellas y famosas de la región, un mar apacible como una alberca, su distintivo mayor es un brazo de arena que cruza un tramo del agua hasta un estero. Instalamos nuestro campamento y nadamos por un largo rato. Posteriormente miramos las estrellas, a mi papá se le hizo impresionante volver a ver un cielo tan estrellado, algo que por la contaminación y la luz artificial es imposible admirar en la ciudad.

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Unas cuantas estrellas fugaces cruzaron por nuestros ojos, así que decidimos dormir cobijados por la noche y el arrullo del mar.

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