Día 3: misiones

Uno de los mejores sentimientos de llevar una vida nómada es abrir los ojos y tomarte unos segundos en recordar el lugar en el qué estás, acostumbrados a amanecer bajo las estrellas y con calor, ese día en una atmósfera fría, no parecía que estuviéramos en La Baja.

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Desayunamos a la orilla de la laguna acompañados por un pato que se acercó a saludar,

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yo me metí a nadar a la masa verde de agua, con el leve temor de que algún animal decidiera alimentarse de mí.

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No pude dejar de asombrarme en todo momento, por el paisaje en el que nos encontrábamos, tan contrastante con todo lo que habíamos visto.

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Recogimos el campamento y nos dirigimos al centro, donde se encuentra la Misión de San Ignacio de Kadakaamán, fundada en 1728.

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Para mí fue una experiencia impresionante el haber visitado diferentes misiones, porque al hacerte consciente del lugar en el que te encuentras, puedes sentir su historia, pensar en las personas que dejaron su hogar para llegar a las áridas y hostiles tierras de Baja California, que a pesar de su belleza es difícil vivir en ellas y más antes de los aires acondicionados, pero que aun así  decidieron tomar un camino que cambio la vida de mucha gente.

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Además de que las construcciones son bonitas y curiosamente al entrar en ellas no sientes calor, son bastante frescas.

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Salimos de esa población y pasamos por Santa Rosalía por pan dulce, luego a la población de Mulegé, que es otro pequeño oasis, con la misión de Sta. Rosalía de Mulegé, a diferencia de San Ignacio, es una zona más grande y el lago corre por el pueblo, hasta llegar al mar.

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Nuestra última locación fue la playa “Santispac”, Bahía Concepción, a unos minutos de “El Requesón”, arribamos a las 3 de la tarde y sufrimos al ver que no había ninguna palapa disponible y nos íbamos a tener que instalar con una sombrilla, debajo de un abrasante sol de 39ºC, para nuestra suerte, se acercó una persona en su pickup a ofrecernos una palapa en una playa detrás de esta, escondida al público.

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Manejamos un poco de brecha hasta llegar a ella, definitivamente una de las playas más hermosas que he conocido; una pequeña bahía entre montañas, el suelo era una capa de conchitas sobre la arena, sin olas, una alberca natural, gran variedad de peces al snorkelear.

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Dormimos bajo la luz de la luna, acompañados por el suave movimiento del mar.

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