Una vez más me iba a reunir con mi maestro de luz, el gran mago Merlín, conocido por sus grandes hazañas con el manejo de la magia, este día nos íbamos a encontrar en nuestro lugar favorito, un pequeño claro en el cual resaltaba la majestuosidad de un gigantesco roble, bajo el cual nos gustaba dialogar.

Al llegar ahí, pude ver a lo lejos la figura de aquel anciano de barbas blancas, que a pesar de la edad se percibía como un ser de gran poder, sus arrugas no amedrentaban su enorme fortaleza, me recibió con un gesto de su mirada y me fui acercando hasta que pude distinguir la bondad de sus ojos.

— Maestro, tengo tanto que quiero preguntarle, hay mucho que quiero saber. — Dije entusiasmado al mago.

— Si quieres recibir nuevos aprendizaje primero debes desechar tu basura interna.

— ¿A qué se refiere maestro? — Pregunté desconcertado.

— Mira, estás molesto porque Lucía no te ama como tú a ella, eres un hombre engreído, soberbio y egocéntrico. Nunca podrás avanzar si no te liberas de ello.

Fue como si hubieran accionado un interruptor, todo pensamiento de bien se nubló y mi ser se convirtió en un torbellino de ira.

— Veo como la ira también toma posesión de ti. — Dijo Merlín tranquilamente. — Llora Ezequiel.

Por un momento me calmé e intenté descifrar las palabras que Merlín me decía.

— No puedo llorar maestro, mi padre me enseñó que es sinónimo de debilidad. — Conteste negando a las palabras del viejo.

— El cuerpo humano es más sabio que tu padre, cuando la presión alcanza su límite y no hay manera relajarse, se acciona el mecanismo del llanto, que depura y limpia no solo la materia, también el espíritu.

— Pero… Maestro… No sé cómo hacerlo.

Con un dedo me hizo callar y antes de desaparecer en un abrir y cerrar de ojos me dijo:

— Busca dentro de ti, nos volveremos a encontrar cuando hayas superado esto.

Me quedé solo bajo el gran árbol y como un presagio, el cielo se nubló y unas pequeñas gotas comenzaron a caer, decidí integrarme a ese sentimiento universal. Juntos la tierra y yo nos sincronizamos, lloramos, depuramos y una vez más dimos paso a que la vida siguiera.

 

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