Hay una pregunta que me he formulado miles de veces, ¿Qué hace a un escritor ser bueno? Y no encuentro una respuesta concreta, porque hay diferentes estilos de redacción, desde los más conservadores, hasta los creativos y fantasiosos, cada uno de ellos tiene algo que los define, pero a partir de esta cadena interminable de pensamientos, llegué a una conclusión.

Ser un escritor es un oficio místico-mágico, como el de un alquimista, porque mientras el sujeto está sentado en su escritorio con sus herramientas para redactar, extrae de aquel espacio intangible el vocabulario de su lengua y con la delicadeza de un artesano toma palabra por palabra y la coloca sobre el lienzo, de modo que pueda armar un rompecabezas que tenga sentido en cada una de sus partes.

Cuando uno escribe todo importa, los adjetivos que se vayan a utilizar, los verbos, sustantivos y puntuación. Porque será lo que determine la diferencia entre una gran obra o un texto cualquiera. Las pausas harán sentir suspenso a los lectores, mientras que la libre expresión los desbocará en pasión.

Al principio la inspiración no llega y uno tiene que seducirla, poner la carnada en la mesa para que poco a poco se acerque. Cuando ya está ahí, distraída, se toma por el cuello y se devora, uno siente como sus jugos se integran en él y le brindan la creatividad necesaria para escribir.

Pasan los minutos y se entra en un estado de trance, en el que el mundo deja de existir y lo único que sigue presente es el vínculo entre el papel y la persona, la cual se ha convertido en un intermediario de la palabra.

La actividad va in crescendo hasta que llega al frenesí del clímax, en que se lanzan las palabras como conjuros, a diestra y siniestra sin importar el resultado, en el momento en que la gota de sudor mancha la hoja se marca el fin de esta etapa.

El sujeto Respira unas cuantas veces y se da cuenta de la maraña de palabras que tiene frente a si, deja que se absorba su significado y se da cuenta del sentido que tiene, sólo debe dar unas cuantas pulidas para que el lector lo pueda disfrutar, como aquel delicioso platillo que espera saborear.

De ahora en adelanté llamaré a todos aquellos que escriben como misión de vida, “Artesanos de la palabra”, porque tejemos con arte y delicadeza cada una de las narrativas que entregamos al lector.

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