Grietas de ser

La densidad de las nubes se aligeró, las antes ovejas celestes se convirtieron en espesa bruma que cubrió el espacio, una esfera carmín se entreveía tras la bruma, la energía del ambiente se tornó áspera. El aire que antes inhalaba con suavidad se hizo denso, como el peso en mi corazón.

A través del dolor me descubrí, frente a un espejo roto reconstruí mi imagen, que con esmero había desintegrado con juicios y falta de mérito. Cada pedazo de cristal que recogí del suelo me hizo un profundo corte en las manos.

Gracias amigo dolor, por enseñarme que el placer no es la única sensación de sanar, tardé mucho en comprender que el dolor es la fuerza que viene a romper con las superficies irregulares, desgarra los tumores emocionales y remueve lo podrido de las heridas.

Era usual que me escondiera de ti, en parte culpo a la propaganda social que se encargó de  revolver mis pensamientos con su diálogo colectivo cargado de veneno, me hizo creer que eras el enemigo, con la idea de que la única forma de sentirme bien, sería con el consumo de sus bienes plásticos.

Etapas interminables de brincar de un producto a otro, primero el alcohol y el tabaco lograron calmar la picazón de la ansiedad, cuando el destrozo estomacal se volvió insoportable, tuve que amainar mi sufrimiento con la imagen pervertida de una planta tan sagrada como la Santa María, que triste fue caer en la prostitución de un regalo para la expansión.

Cuando ya nada era suficiente para producir el efecto de anestesia que tanto deseaba, jugué con la idea del suicidio ¡Oh agridulce final a todo el sufrimiento humano! No sé decir si me salvé o fui salvado por la consciencia.

Duro camino que elegí tomar pero en el cual he descubierto el verdadero significado del gozo, no hay domingos, el descanso es una ilusión del futuro, que bien sé no existe. Iluminar la oscuridad es el eterno proceso de hacer visible aquellas partes de nuestro ser que nos aterran y desagradan.

Tanta maleza he desechado que la imagen que tenía de mí se desvaneció, en el llano de mi ser la tierra volvió a ser fértil y en dónde parecía no haber vida cayó un aguacero que a su termino me bendijo con los retoños de años de picar piedra y no encontrar tesoro.

Despierto cada mañana entre emoción y náusea, buscando enriquecer los nacimientos que con tanto esmero he cosechado, abonó con los mejores nutrientes, y busco ser capaz de eliminar la mala hierba antes que crezca, pero siempre gozar de cada momento de existencia.

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Pies descalzos

Los rayos del sol entran por el ventanal, impactan contra las sábanas blancas de algodón de los amantes que siguen dormidos, un delgado rayo alcanza a chocar contra sus ojos, él despierta, se despabila y sale de la cama. Camina descalzo sobre el piso de madera.

Baja sigilosamente a la cocina, saca una bolsa de granos de café del estante, la abre y huele su contenido. Dulce fragancia que será triturada por el molino. Pone seis cucharadas del fino polvo en la prensa francesa, calienta una tetera con agua. Mientras continúa con su ritual.

De la canasta de paja toma mangos, naranjas, melón, piña y sandía. Con destreza las pela y corta en cuadros, sirve la fruta en un platón de barro. Del refrigerador saca tortillas de nixtamal; amarillas, moradas y blancas. Las pone sobre el comal. También saca huevos, champiñones, cebolla, jitomate y cilantro.

Pica finamente las verduras, pone mantequilla en la sartén, cuando se derrite agrega la cebolla, la mueve a ratos contemplando el cambio de color, después añade el jitomate, los  champiñones y un poco de cilantro. Cuando el guiso huele delicioso,  agrega los últimos ingredientes: huevos, pimienta y sal.

El resultado es estupendo. Sirve el agua caliente dentro de la prensa francesa, sube los alimentos y los deja fuera del cuarto, sobre una mesita que funciona como recibidor. Despreocupado regresa a la cama donde ella continúa durmiendo, su respiración es profunda, su cabello rizado esparcido sobre las sábanas blancas.

Acerca sus labios a su cuello y da un suave beso, casi imperceptible. Ella se estremece, voltea al lado contrario con la esperanza de salvar su sueño, pero eso ya no es posible, porque él continúa besando su cuello, sus parpados, sus mejillas y fulmina con sus labios.

Responde cariñosamente al beso, se abrazan, la acaricia. Sus pies desnudos se entrelazan. Una mirada silenciosa que transmite más que todas las palabras, el lenguaje del corazón.

Le pide que cierre los ojos.

Sale del cuarto y regresa con todo lo que ha preparado, ella abre los ojos y sorprendida por el acto, se desliza hasta él y lo abraza. Da un sorbo a la taza de barro que contiene café humeante y comparte un beso fragante con él.

Los miedos son del tamaño de nuestra imaginación

El guerrero se entrenó para vencer a su enemigo, monstruo feroz de gran estatura, poder y malicia. Pensaba que en su actual estado no podría hacerle frente a la bestia, así qué se sumió en las más profundas meditaciones para despertar su espíritu ancestral, realizó ejercicios físicos que hicieron explotar sus músculos hasta tonificarlos y hacerlos fuertes, se desarrollo en las más complejas artes marciales y el uso de armas para estar a la altura.

En resumidas cuentas se pulió a tal grado que no quedó ninguna pizca de la antigua debilidad que en él se había presentado. Por medio de un halcón envió un mensaje a su enemigo, se encontrarían al atardecer en el campo de batalla, solo ellos dos, para definir la victoria entre uno u otro.

Llegado el momento, el guerrero sintió nervios, reprimió la sensación con el pensamiento “lógico” de que la gente fuerte no se siente así.

De frente con su enemigo, observó que tenía una musculatura más desarrollada que la suya, dientes afilados,  y era tal su nivel psíquico que su cuerpo levitaba. De sus manos emergía oscuridad que podía moldearse en el arma más letal. Ante tal imagen no pudo reprimir un agudo temblor que recorrió todo su cuerpo, sentía que el aire le faltaba, tomó grandes bocanadas de oxígeno que no hacían más que acentuar el miedo.

Huyó despavorido desde antes de haberlo intentado, simplemente le fue imposible mover un dedo frente a tal demonio. En su dojo se sentó tomado de las rodillas a temblar, llorar y maldecir la vida.  Se dijo a sí mismo « ¿Cómo es posible que después de tanto no hayas podido?¡Eres peor escoria que él!», se dio latigazos hasta que su piel sangró implorando la dejaran en paz, pero ni aun así dejó de hacerlo.

Exhausto se desplomó sobre el suelo de madera, manchado con sangre, en un profundo sueño en el cual se presentó su maestro. Iba sentado sobre una blanca nube que cambiaba de colores conforme la emoción del momento.

— Acércate— Dijo telepaticamente.

Dócilmente se acercó cabizbajo el alumno que no había podido sobreponerse a sus propios miedos.

— Maestro.

El maestro levantó el dedo índice de la mano derecha haciéndolo callar.

— No necesito tus excusas, quiero que me digas una cosa, ¿Por qué has dejado de confíar en ti?

El guerrero iba a comenzar a hablar, pero le era imposible dar una respuesta carente de excusas, simplemente no tenía razón alguna más que el miedo.

— Me dejé dominar por el miedo.

El maestro asintió con un movimiento de su cabeza, puso sus dos manos sobre la coronilla del guerrero y le transmitió energía sanadora. Quién se desvaneció relajado.

Al abrir los ojos se encontró sobre el piso manchado de sangre, tocó su espalda para sentir las heridas, pero ya no había nada, la piel estaba lisa y sana.

Tomo una ducha con agua helada, lavó su cuerpo con cariño y una vez más salió al encuentro de su enemigo, quien seguía en el mismo lugar del día anterior. Inmóvil.

Se posó frente a él e hizo una reverencia, sintió una vez más los nervios y las ganas de huir, pero sabía que no tenía escapatoria, desenfundó su espada y con un movimiento limpio del sable, cortó por mitad a su enemigo.

Sorprendido ante tal hazaña, vio a su enemigo evaporarse como humo blanco, anonadado sostuvo con más fuerza su espada a la espera de ser atacado por la espalda, era imposible que así de fácil pudiera vencer a tal enemigo.

Alerta y en guardia, gritó a su enemigo, “¡Sal bestia inmunda, no te escondas de tu destino!”, pero pasaron los minutos y nada ocurrió. El sol resplandecía, los pajarillos cantaban, la atmósfera estaba sumida en un sopor de tranquilidad.

Una voz le susurró al oído, “Los miedos son del tamaño de nuestra imaginación”.

El guerrero hizo una reverencia y agradeció a la vida por haberle impartido tan sabia lección.

 

El beso que dejamos atrás

— ¿Por qué me molestas diciéndome que te vas a morir Raúl?

— Pues, porque puede pasar, ¿No te habías puesto a pensar que hoy puede ser el último día que nos veamos? — Contestó el muchacho.

Los ojos de la chica se perlaron de lágrimas, las cuales derramó en silencio, como la suave corriente de un arroyo que se disuelve en el mar.

— ¡Deja de decir eso! ¡¿Qué no entiendes que me lastimas?! — Replicó entre sollozos.

Un nudo se formó en su garganta de Raúl, que intentó formular unas cuantas palabras para remediar las cosas, pero la voz se le quebró en cada intento. Desistió y se quedó en silencio por unos segundos que se tornaron eternos.

Estiró su brazo y con la yema de sus dedos rozó el  antebrazo de Maggie, ella no se movió, así que la continuó acariciando, como una madre acaricia a su hijo para consolarlo después de una tormenta eléctrica.

— Entiéndeme Margarita… La muerte está siempre con nosotros, desde el día que nacemos, hasta pues, el día en morimos…

— Pero hablas de ella como si estuviera latente, como si fuera un hecho que no te volveré a ver.

— No lo digo de ese modo, más bien es como. — Pensó en su respuesta. — Como cuando sales a carretera, que puede que llegues sin problemas a la playa, o se te descomponga el coche a la mitad.

— No compares tu vida con un pinche coche Raúl. — Replicó molesta.

— No, no, tranquila, no es eso. Ya pues, no sé cómo explicártelo, a lo que quiero llegar es que quiero que éste día quede impreso en nuestros corazones. Quiero que disfrutemos de cada segundo, quiero sentirte Maggie, eres lo más importan… — El nudo de su garganta se soltó y su voz se rompió en pedazos, liberando una oleada de emociones. —Te para mí.

Esta vez ella se acercó a él, lo abrazó y ambos se fundieron en el cuerpo del otro, la fragancia acre de Raúl, se mezcló con su perfume floral, aquel que tanto le gustaba a él, quien aspiró entre sollozos. Se hizo para atrás y con sus manos tomó su rostro, la observo como se observa un tesoro muy preciado.

Besó su frente, después sus parpados, como un ritual sagrado prosiguió con sus mejillas hasta llegar a sus labios. Esperó unos segundos, sus labios a unos milímetros de tocarse, alargó la espera saboreando el momento, hasta que decidió generar el choque.

Con los ojos cerrados visualizó destellos luminosos en el espacio oscuro de su mente, «Tal vez eso son las estrellas…», pensó, «El dulce beso de dos amantes que generan una explosión en el cosmos, de eso está hecha la vida».

Silenció la mente y se entregó a un instante que nunca más se repetiría.

Madurar duele, acéptalo y crecerás

La llegada del invierno marca el marchitar de la temporada, como el desvanecer de un sólido que se queda sin esencia, las hojas se deslizan secas bajo la fuerza de un viento que las lleva a un destino incierto.

El ser humano también experimenta dentro de si un cambio de estaciones.  El niño no sabe el dolor de la madurez, pero cuando llega el momento de hacer la transición, se le presentan dos opciones: aceptar el cambio o perecer. Si decide acceder, debe entregarse al sufrimiento que trae consigo la transformación; en cambio si decide negarlo, no significa que físicamente va a morir, más bien es entregar su espíritu como sacrificio para “salvar” su comodidad.

Nadie sabe que es lo que le espera del otro lado, el joven se retuerce de miedo al pensar en los demonios que va a encontrar al cruzar el río. Los que ya lo han cruzado lo exhortan a ser fuerte y entregarse a la evolución de consciencia. Mientras que aquellos que renegaron al crecimiento, lo asustan y maldicen su camino, porque el joven tiene el corazón suficiente para dar el siguiente paso.

El muchacho se sienta a esperar la llegada del invierno, observa su reloj con impaciencia mientras en su interior siente el consumir de su antigua persona, las hormigas del cambio extinguen lo mundano. Vuelve a mirar el reloj, tan solo unos cuantos segundos han transcurrido, “¿Cuándo llegará el final?”, se pregunta. Aparece un maestro, tiene la cabeza rapada y una barba blanca como la nieve, su mirada seria se esconde detrás de los anteojos. Lo observa con seriedad y extiende su mano para ayudarle a levantarse.

Lo primero que le enseña es a trabajar en si mismo, lo siguiente a ser paciente,

“Cada persona tiene su tiempo, no intentes acelerar el tuyo, fluye de manera orgánica”, le dice con su dura voz.

El chico quiere entender, desea con todo su corazón imitar al maestro a quien ama por haberle salvado, pero no puede entenderlo porque está del otro lado. Logra ver el premio a la distancia, pero por más que brasea a través de las densas aguas de la existencia, no llega a su destino.

Un golpe con el bastón, el muchacho se soba la cabeza y reclama.

“Deja de fantasear, mata la mente”, replica el maestro, “No pienses en la meta, vive tú camino y recoge los nutrientes que necesitas para fortalecerte, esto tan solo ha comenzado”.

El joven se abruma y llora con desesperación, se siente incomprendido, abandonado y débil, pero tiene fe en su maestro y eso le hace creer en si mismo también.

Se levanta y continúa con su camino, sabe que caerá, comprende que será difícil, pero nunca más vuelve a dudar de su capacidad.

Si te gusto comenta, comparte y cuenta tu historia.

 

Reconciliación con nosotros mismos

Hay un chico sentado en una banca del parque, su expresión es seria, sombría; mira a las palomas que buscan migajas de pan para abastecer su hambre, misma que él siente hacia ser feliz.

También observa a la gente; parejas, solteros, familias, amigos, que al final del día son seres humanos como él que día con día siguen una misma rutina, luchan por conseguir sus sueños y superan sus crisis existenciales.

Cada uno con sus diferentes limites, la diferencia que él tiene con ellos, es que él no quiere ser feliz hasta que no alcance la cumbre de su existencia:

Éxito profesional, mente abierta, espíritu pleno, amor en abundancia, seguridad económica, libertad total.

Visualiza cada una de sus metas y mide la distancia para alcanzarlas que sigue siendo abismal; a pesar de que año con año da un paso para acercarse a ellas. Se frustra, se mira en el reflejo del charco y se escupe con repudio, comienza un monólogo de rabia y odio consigo mismo.

— ¡¿Cómo puede ser que a ésta edad sigas luchando contra los mismos demonios?!— Se dice con desprecio.

— Es que tú no entiendes lo difícil que es para mí superar esos miedos, yo solo quiero sentirme bien, todo lo demás es complementario. — Se contesta arrepentido.

— ¡Deja de lamentarte pedazo de mierda! Entiende que la única manera de ser grandes es alcanzando lo que nos hemos propuesto.

— ¡Déjame en paz, me queman tus palabras, ya no quiero ser tu esclavo! — Se responde entre sollozos.

La gente que pasa por el parque lo mira confundida, un hombre piensa en acercarse a ayudarlo, pero él lo aleja con un movimiento de manos. No padece demencia, tan solo es otra persona que no puede lidiar consigo mismo, que día con día pierde la batalla contra su propio ser.

¿En dónde reside la verdadera felicidad?

Existen mil y un teorías diferentes, yo creo que se encuentra en lo más sencillo, como la reconciliación con nosotros mismos.

Heridas personales

Una habitación oscura,

El indiscreto faro de la calle ilumina la escena,

En la que está una persona sentada,

La cual tiene un cuchillo en sus manos,

Lo sostiene con fuerza, su mirada es iracunda,

Observa su antebrazo, la suave piel que le cubre,

Con un dedo presiona el filo de la navaja para probarla,

Un delgado corte, la sangre escarlata se aglomera en una gota,

Que cae sobre la baldosa del suelo,

El líquido se junta hasta formar un pequeño charco,

Con el mismo dedo escribe un texto que dice:

“Yo nunca pedí nacer en este mundo”,

Se dispone a cortar las venas que irrigan su brazo izquierdo,

Con la habilidad de un artesano práctica el corte,

Siente la presión del filo sobre su piel,

Lo va a hacer,

Alguien entra al cuarto,

Es una mujer; no es su madre, tampoco su hermana,

Tal vez una amante, eso no importa,

Lo abraza, la sangre deja de ser lo único que mancha el suelo,

Las lágrimas de ambos fluyen como un torrente fluvial,

Ella se disuelve, Él se queda solo, pero ya no necesita de nadie,

Se ha vuelto a integrar, el arma blanca es inútil para liberarlo de sí mismo,

La única respuesta está en su interior,

Se adentra en el abismo de su ser y encuentra:

Vida, amor y serenidad,

Los intenta tomar pero no puede, la fuerza no ayuda,

Una voz le susurra algo al oído, es femenina y angelical:

“Humildad”,

Abre sus brazos y expone su pecho,

“Perdona la soberbia de haber pensado en quitarme lo más sagrado que tengo”,

Las tres posesiones que buscaba caen sobre sus manos como ligeras plumas,

Sonríe y agradece.

Cae en un profundo sueño de restauración.

Huyendo del sacrificio humano

Corro por la selva, soy perseguido por la multitud enardecida, alcanzo a distinguir las luces de sus antorchas a lo lejos, mi taparrabos se ha atorado con una mata, estoy desnudo, mi pene y mis testículos se golpean contra mi muslo, no me duelen, es mayor la adrenalina de salir con vida, me recuesto en la hierba y espero a que todos pasen, casi me pisa uno de ellos, continúo imperceptible; mi respiración al mínimo.

Se han ido, me pararé, lo hago, siento la navaja presionada contra mi nuca, un hilo de sangre caliente se escurre por mis hombros, maldito mi destino, maldito yo que no logré escapar, me amarran, me llevan a rastras, mi espalda está raspada por las piedras del suelo.

Al llegar allá el sacerdote ordena que me azoten, lo hacen y la piel que permanecía intacta de mi espalda se desprende como la de un plátano, es tanto el dolor que me vuelvo inmune a él, estoy rodeado por una ferviente multitud de personas, pintados con colores de guerra, soy el tributo para su Dios, si lograba escapar de ellos me convertía en un héroe, ahora seré inmortalizado para una deidad que probablemente ni exista y solo sea una excusa para que puedan seguir con estos actos violentos sin sentir un remordimiento de conciencia.

Es mejor dejarle la responsabilidad a algo desconocido que a uno mismo. Me rindo a mi destino, maldito destino, cruel, crudo y sangriento. Recuerdo el último beso que le di a aquella mujer, me llenó de vida, me hizo sentir eterno, invencible, divino, pero ahora me encuentro como la más inmunda bestia, sobre la plancha de piedra en lo alto de la pirámide.

El sacerdote toma con habilidad la cuchilla de obsidiana, mira al cielo, se hinca y recita unas palabras que dicen:

“Te entregamos esta sangre como ofrenda Gran Huitzilopochtli, bendícenos con más guerras, llena nuestros corazones de poder”.

Me mira a los ojos, pero en realidad no me está viendo, no ve al ser humano que se encuentra frente a él, tan solo mira al próximo objeto que le servirá como tributo, en una rápida sucesión de movimientos abre mi pecho con el filo de la piedra, logra perforar el hueso, con la otra mano toma con fuerza mi corazón y de un tajo corta las arterias que lo sostienen, en ese momento todo se detiene, lo jala y lo arranca de su hogar, por unos segundos miro como la vida se me escapa, la luz se desvanece, todo es oscuridad y me disuelvo en la nada.

 

El solitario lobo

El solitario lobo recorre el vasto territorio en busca de un sentido por el cual vivir sin compañía. Aúlla a la noche, a la luna, añora un abrazo que consuele su estado de soledad; no quiere regresar con la manada, es diferente, sus hermanos no lo aceptan, lo segregan: ¿Por qué ir con ellos? ¿Con quién se podrá sentir pleno? Necesita encontrar un grupo de lobos que sean cómo él, tal vez nunca llegue a ellos, tal vez no existan, tal vez la respuesta esté en su corazón, pero es mejor tomar la decisión de salir y vivir el dolor a carne viva, que seguir estancado en un círculo donde no se puede crecer.

— Luna, lunita, quiero sentirme bien ¡Ayúdame! — Dice el lobo entre aullidos.

— Hazlo tú, yo no lo haré por ti. — Contesta con un tono suave.

— ¿Cómo? Me siento perdido, sin rumbo, sin un sentido.

— Danza para mí.

— ¿Cómo?

— Déjate llevar por los movimientos que dicte tu corazón.

El lobo comienza a girar alrededor de la luna, no entiende que está haciendo, pero sigue las órdenes del satélite natural, sin que apenas lo note, una canción penetra en sus oídos suavemente.

La escucha con placer y continúa con el baile, conforme sus movimientos adquieren fuerza y complejidad, la canción aumenta de volumen y el ritmo también es más rápido e intenso, los tambores del corazón del mundo resuenan en su pecho.

— ¡No estoy solo! — Grita en éxtasis — ¡Nunca lo he estado! Me acompaña el amor del mundo. Soy todas las plantas, el riachuelo que se convierte en cascada, las estaciones del año, la presa y el depredador, ¡Gracias Luna!

El astro se mantiene inmóvil en el cielo, no le contesta palabra alguna, el lobo sonríe y corre por los páramos de la grande y bella Alaska.

Caer por el abismo

— No puedo seguir sosteniendo tu mano Efraín— Dijo mientras dejaba de aplicar fuerza, poco a poco sus dedos comenzaron a resbalarse de los míos, el pánico se comenzó a apoderar de todo mi ser, el sudor perlaba mi cuerpo y hacía de todo más inestable.

— ¡Espera!— Dije, por un instante vaciló y volvió a sostenerme con fuerza, pero cayó en cuenta del último recurso que estaba utilizando para que me salvara.

Me soltó

Caí.

La duración de la caída me pareció eterna, me sumergí en la oscuridad del abismo, era ese tipo de oscuridad tan densa que se siente como algodón, hasta podría decir que sentí placer.

Poco antes de llegar al suelo, el tiempo se detuvo y vi, sentí, viví plenamente el momento en que mi cuerpo se estrelló contra la dureza del piso, mi cráneo rebotó tres veces y a la tercera se partió, la masa encefálica se derramó, huyó de su recipiente y se integró con las olas del mar que golpeaban la pared de piedra.

En unos segundos los años de experiencia, todo el trabajo espiritual e intelectual acumulado se fue a la basura y fue en ese momento en que mi alma se elevó y logró despedirse de la prisión terrenal a la que se me había sometido.

Esta historia podría ser la muerte física de una persona, o la metáfora de un abandono (cuasi) imposible de superar, ustedes deciden como interpretarlo.