El solitario lobo

El solitario lobo recorre el vasto territorio en busca de un sentido por el cual vivir sin compañía. Aúlla a la noche, a la luna, añora un abrazo que consuele su estado de soledad; no quiere regresar con la manada, es diferente, sus hermanos no lo aceptan, lo segregan: ¿Por qué ir con ellos? ¿Con quién se podrá sentir pleno? Necesita encontrar un grupo de lobos que sean cómo él, tal vez nunca llegue a ellos, tal vez no existan, tal vez la respuesta esté en su corazón, pero es mejor tomar la decisión de salir y vivir el dolor a carne viva, que seguir estancado en un círculo donde no se puede crecer.

— Luna, lunita, quiero sentirme bien ¡Ayúdame! — Dice el lobo entre aullidos.

— Hazlo tú, yo no lo haré por ti. — Contesta con un tono suave.

— ¿Cómo? Me siento perdido, sin rumbo, sin un sentido.

— Danza para mí.

— ¿Cómo?

— Déjate llevar por los movimientos que dicte tu corazón.

El lobo comienza a girar alrededor de la luna, no entiende que está haciendo, pero sigue las órdenes del satélite natural, sin que apenas lo note, una canción penetra en sus oídos suavemente.

La escucha con placer y continúa con el baile, conforme sus movimientos adquieren fuerza y complejidad, la canción aumenta de volumen y el ritmo también es más rápido e intenso, los tambores del corazón del mundo resuenan en su pecho.

— ¡No estoy solo! — Grita en éxtasis — ¡Nunca lo he estado! Me acompaña el amor del mundo. Soy todas las plantas, el riachuelo que se convierte en cascada, las estaciones del año, la presa y el depredador, ¡Gracias Luna!

El astro se mantiene inmóvil en el cielo, no le contesta palabra alguna, el lobo sonríe y corre por los páramos de la grande y bella Alaska.

Caer por el abismo

— No puedo seguir sosteniendo tu mano Efraín— Dijo mientras dejaba de aplicar fuerza, poco a poco sus dedos comenzaron a resbalarse de los míos, el pánico se comenzó a apoderar de todo mi ser, el sudor perlaba mi cuerpo y hacía de todo más inestable.

— ¡Espera!— Dije, por un instante vaciló y volvió a sostenerme con fuerza, pero cayó en cuenta del último recurso que estaba utilizando para que me salvara.

Me soltó

Caí.

La duración de la caída me pareció eterna, me sumergí en la oscuridad del abismo, era ese tipo de oscuridad tan densa que se siente como algodón, hasta podría decir que sentí placer.

Poco antes de llegar al suelo, el tiempo se detuvo y vi, sentí, viví plenamente el momento en que mi cuerpo se estrelló contra la dureza del piso, mi cráneo rebotó tres veces y a la tercera se partió, la masa encefálica se derramó, huyó de su recipiente y se integró con las olas del mar que golpeaban la pared de piedra.

En unos segundos los años de experiencia, todo el trabajo espiritual e intelectual acumulado se fue a la basura y fue en ese momento en que mi alma se elevó y logró despedirse de la prisión terrenal a la que se me había sometido.

Esta historia podría ser la muerte física de una persona, o la metáfora de un abandono (cuasi) imposible de superar, ustedes deciden como interpretarlo.

Enfrenta tu destino

Las puertas del templo sagrado se abren, el profeta se decide a entrar, aunque no sabe que se encontrará adentro, pero está seguro en que es su destino y debe dejar de escapar de él.

Da un paso en el interior de la estancia y el exterior se desvanece, ahora está encerrado en el recinto.

Todo es blanco, «¿Estaré en el cielo?» Se pregunta. Camina y no logra topar con el final, ni a un lado, ni al otro. No hay paredes, es un limbo, el tiempo ha dejado de existir, «¿Quién soy?, ¿Quién era?, ¿En qué me convertiré?», se cuestiona. Más no hay respuesta que resuelva la espiral insana en la que se encuentra.

Pasan segundos, tal vez horas, días o años, la masa abstracta de tiempo parece no tener sentido.

En un instante es un niño, en otro joven, adulto y viejo. Hombre, mujer. Nada. Nada. Nada ¡Nada!

— ¡Por favor sácame de aquí! — Grita con todas sus fuerzas — ¡Ya no aguanto este purgatorio!

No hay respuesta. Se sienta en el suelo, se toma de las rodillas y hunde la cabeza en ellas.

Pasa un rato y se serena, deja que la experiencia lo penetre.

Cruza sus piernas, junta sus manos en una plegaria y con la espalda erguida respira profundamente.

De su pecho surge una pequeña risa que se transforma en una sonora carcajada.

— ¡Eres un genio Señor! — Exclama con lágrimas de felicidad en los ojos — No soy nada, nunca más me quiero definir.

El profeta se desnuda y comienza a danzar ante la melodía de Dios.

Su cuerpo se desliza por la existencia, al abrir los ojos se encuentra con que el vacío se ha desaparecido y el Cosmos entero se le presenta como regalo divino.

Baile en el lago

Estaba triste lo cual no era extraño ni un evento cósmico que solo ocurriera cada cierto tiempo, más bien era el estado natural de Josué, deprimido, sin sentido, nada le era agradable, más bien cada cosa que se le cruzaba la percibía como otra piedra para cargar en sus hombros.

No soportaba estar continuamente así, había intentado ir a terapia, a meditaciones guiadas, acercarse a la religión, hasta a rituales new age, pero nada remediaba su estado de ánimo, cada día estaba más cerca de la locura, porque le era imposible sentirse feliz. Recordaba momentos de alegría, pero nunca la plenitud que veía expresada en otras personas, que se veían tan ligeras, casi como si en cualquier momento fueran a despegar y a volar como cometas en el cielo.

En un momento de lucidez decidió salir a dar un paseo por las calles de su pintoresco pueblo, caminó hasta la orilla del lago, en la cual estaba un hombre que reía a carcajadas, solo, pero que parecía estar disfrutando de la compañía de alguien más, danzaba, sus movimientos eran suaves y fluidos.

Josué se quedó un rato observándolo confundido, intentaba descifrar la razón de su gran festejo, el señor volteó y con una sonrisa le invitó a acercarse.

— Me tengo que ir, ya es tarde, pero gracias — Dijo Josué mientras apuntaba a su reloj y retomaba su camino, pero el hombre corrió hasta él y lo tomó del hombro, Josué se asustó con al sentir el contacto del extraño, pensó que lo iba a lastimar.

— Ven, te invito a celebrar el lago me ha dicho que necesitas de él.

— Emmm… Lo siento, pero me… tengo… que… ir…

— Solo serán unos minutos, no te haré daño.

Josué se quería negar, pero sabía que mientras más se negara, más le iba a insistir aquel hombre, así que prefirió acercarse y pasados unos minutos se retiraría.

Se sentaron en el suelo en la orilla del lago, él hombre puso sus manos en la cabeza de Josué, que comenzó a sentir calidez, la cual se convirtió en paz con el paso de los segundos.

— Deja de pensar tanto y entrégate al momento — Le dijo en un susurro casi inaudible.

Josué estaba tan relajado que no quiso contestar, tan solo sonrió y respiró profundamente el limpio aire del lago, comenzó a escuchar una melodía, era antigua y no se asemejaba a ningún instrumento, más bien era la mezcla de todos los sonidos del lugar que generaban un ritmo fresco y disfrutable, se dejó llevar por la música y dejó que su cuerpo guiara sus movimientos, se empezó a mover con suavidad y fluidez como respuesta al regalo que le había sido dado por la tierra.

Cuando abrió los ojos ya no había nadie, miró a su alrededor pero ni siquiera pudo encontrar huellas de que otra persona hubiera estado ahí, se preocupó un poco, pero después recordó lo bien que se sentía y continúo danzando ante la bella escena que tenía frente a él.

Mujer de ojos color mar Pt. 1

Desde que nació le apodaban la niña de ojos color mar, porque tenían gran semejanza con el vasto océano, cuando estaba feliz eran azul turquesa que refrescaba la mirada, cuando se sentía meditabunda eran azul oscuro como las profundas aguas y cuando estaba enojada se podían apreciar grandes olas reventando.

Ella nunca había estado en el mar, era una chica de ciudad, sus padres la habían mantenido refugiada en una burbuja de seguridad y por nada del mundo le permitían pensar en conocerlo, ya que decían que era un lugar peligroso y traicionero, que la gente no tenía la prudencia suficiente para mantenerse lejos de la gran masa de agua.

La niña creció y se convirtió en una mujer, el brillo de sus ojos estaba opaco, ya no hablaba, no tenía razón alguna hacerlo, porque su único anhelo era conocer el mar. Por las noches soñaba que se encontraba ahí, escuchaba su dulce canto que le relataba historias de la creación, se sumergía en sus refrescantes aguas, pero cada mañana despertaba más triste que el día anterior por estar separada del lugar que su corazón añoraba. No quería escapar de su hogar porque eso iba a ser una pérdida vital para sus padres.

Una tarde mientras estaba sentada en su cuarto su madre tocó con desesperación la puerta de madera, ella abrió, su madre estaba en un paño de lágrimas, el padre había sufrido un infarto y se encontraba muy mal, se encontraba en su cama y pedía por la hija.

En el cuarto, el señor tenía la voz entrecortada, y casi no podía abrir los ojos, pero dijo a su descendiente,

— Te he ocultado un secreto— Abrió su mano que contenía una llave —Abre el cajón de mi buró, encontrarás algo que llevas mucho tiempo buscando.

Al abrirlo, se encontró con una pequeña esfera que colgaba de una cadena dorada, dentro del objeto estaba el mar, al tomarlo, las olas del interior se agitaron en una danza alegre, ella respondió apretándolo contra su pecho. El progenitor continúo hablando,

— Nosotros provenimos de una tribu llamaba los “Hijos del mar”, ya que después de la formación de la tierra, los seres humanos se consagraron a  los elementos de la naturaleza y nuestra gente se entregó a la Abuelita Mar. Durante mucho tiempo, hasta que la hija del líder, tú bisabuelo,  se ahogó y en un arranque de dolor decidió romper el vínculo que nos unía, a partir de ese evento emigramos a la ciudad y el color característico de nuestros ojos se perdió, hasta que naciste tú.

La muchacha no pudo decir palabra, las lágrimas rodaban por su rostro, se agachó a besar la frente de su padre, que en un último suspiro le dijo,

Es tú deber restaurar nuestra unión con la Abuelita.

Ella depósito su cabeza en el estómago de su padre y sollozó durante largo rato con la certeza de que su misión de vida había comenzado.

Puedes engañar a todos menos a ti

Lucas tenía 5 años trabajando para la misma empresa, bajo el rígido esquema de un oficinista y desde el primer momento lo odio. Para él, entrar a laborar ahí había sido un sacrificio necesario para lograr su sueño, el cual era conocer el mundo, pero cada vez que pensaba en renunciar se daba cuenta de lo difícil que iba a ser mantenerse a flote, le aterraba la inseguridad de no tener casa o un lugar donde dormir y abrumado dejaba para otro momento su anhelo.

Los años se acumularon, hasta que un día de trabajo normal explotó, sufrió de un ataque de pánico, la presión de una vida malgastada lo aplastó con toda su fuerza, lo tomó del rostro, abrió sus parpados y le obligó a ver aquello que tanto se negaba.

En la oficina le dieron el día libre, pero Lucas comprendió que no se trataba de faltar un día y volver a la realidad, porque esa realidad no estaba hecha para él, se había convencido que la existencia que llevaba era la que tenía que ser, pero en verdad odiaba su cotidianidad, él quería otras cosas.

Intentó escapar de la verdad, se ocultó de ella, se dejó crecer el bigote, cambió el lado en que peinaba su cabello y comenzó a utilizar otro tipo de ropa, para camuflarse con el promedio de la población, de este modo regresó al trabajo, pero con la continua angustia de ser encontrado por esa fuerza ante la cual no tenía poder alguno.

Pasó el tiempo y se comenzó a tranquilizar porque no había sido encontrado, pero como dijo un sabio alguna vez, “Cuando más seguro estés de algo es porque estás al borde del precipicio a punto de caer” y así fue, en el momento más inesperado la fiera volvió a atacar, está vez lo dejó tan herido que no pudo regresar a la oficina.

Desertó y comenzó a vagar por el planeta, sin posesiones ni plan fijo, tan solo buscaba encontrar su corazón que largo tiempo atrás dejó ir por miedo a seguir sus sueños. Lo más curioso es que no se sintió mal como creía, más bien primera vez se sintió pleno.

Para hacer cosas imposibles es necesario amar

Me encontraba sentado en la densa oscuridad con los ojos cerrados, meditando, dejé que todo aquello que me hacía sentir mal, bloqueado y acongojado saliera de su madriguera y se presentara frente a mí, no intenté juzgarlo o eliminarlo, tan permití desfilar a la gran pasarela de monstruos terribles.

Cada uno me mostró sus peores venenos, la manera en que me podían hacer daño y también lo que se escondía detrás de cada uno de ellos, el miedo al futuro, una mala relación con un ser querido, palabras de odio hacia otro ser, cuando por fin terminaron de pasar reino el silencio.

De esa calma brotó el tallo de una planta, pequeña y casi imperceptible, que se convirtió en una flor colorida y de dulce fragancia que se impregnó en todo mi ser, era el amor. Una palabra prostituida y tan utilizada para expresar afinidad hacia otro ser humano, pero que verdaderamente es la clave para que la vida se despliegue y se llene de riqueza.

Comprendí que si quería tener mejor relación con la gente que me rodea, disfrutar de mi cotidianidad y poder estar con otro ser, tenía que consagrarme al amor, esto no quiere decir que por haberlo decidido, mágicamente todo se convertiría en amor y paz, pero si quiere decir que cada vez que realice una acción o diga una palabra sea con la consciencia plena de que lo hago en función del amor.

Al terminar la sesión de meditación volví a recuperar el sentido que añoraba en mi existencia, lo que antes me parecía pesado se había convertido en la ligera briza de la primavera, me llené de gozo por haber sentido la presencia del Gran Creador.