Superar el miedo más crudo

En la última ceremonia de Ayahuasca a la que asistí, me topé con una dureza que no había podido ver antes. Siempre había pensado que por ser sensible estaba abierto, pero que equivocado me encontraba. Estaba tan duro y cerrado como una nuez.

Todo comenzó en febrero del año pasado en una ceremonia, en que sentí un miedo intenso, yo diría que profundo, porque provenía de la parte más elemental de mi ser. En ese miedo yo escuchaba una voz que me decía; “es hora de partir”, tal como yo siempre había querido. Sentí una necesidad gigante de pararme y comenzar a caminar, sin rumbo ni destino aparente hasta encontrar lo que siempre había añorado; la plenitud.

En ese momento el miedo me paralizó, comencé a temblar y me aferré a la persona más cercana a mí, una chica llamada Diana, quien me abrazó y me ayudó a pasar la dificultad.

Durante todo el año estuve trabajando intensamente por enfrentar eso, era una mezcla entre miedo a volverme loco, a perder toda “solidez” de mi vida, porque estaba pasando por el dilema de terminar la carrera (me faltaba un año) y vaya que me sentía vacío yendo a la universidad, sin un sentido y hasta como si me estuviera inflingiendo un daño irremediable.

Les adelanto el año de lucha, no pude superarlo, cada vez que me topaba con ese miedo me resistía para “no perder la coherencia”, pero poco a poco me fui ablandando. Hasta que decidí superar el miedo, porque me di cuenta de lo estancado que estaba.

Así que en la ceremonia de enero me enfrenté de lleno a él.

Lo primero que sentí fue un dolor grande en el pecho, como si algo quisiera salir pero yo lo negara, me faltaba el aire, quería hacerme bolita y dejar que todo pasara, pero eso era una vez más voltearle la cara a mi destino.

Debajo de esa incomodidad se escondía: negación al amor, así que abrí el corazón. Luego llegó ese miedo crudo e incomparable que me heló la sangre, pero me entregué a perderlo todo, porque eso iba a ser mejor que continuar con mi estado jodido.

Al pasar por ese velo me di cuenta de algo impresionante, era mi ego que para mantenerme amarrado me hacía creer que si lo soltaba me perdería en la nada, pero al cruzarlo encontré la dicha de la unión con Dios.

Fue una noche difícil, me sentía incapaz de vomitar al demonio que llevaba dentro, no encontraba un soporte para hacerlo, todo el grupo me ayudó energeticamente a  expulsarlo, en mi trance los escuchaba gritar de dolor, sentir el fuego que durante tanto tiempo me había estado quemando pero yo ya no lo sentía por costumbre, como si estuviera anestesiado.

Recuerdo a alguien gritar: “¿Cómo puedes haber vivido tanto tiempo con eso dentro de ti?”

Al final logré sacarlo, encontré la fuerza en la fe, entendí que en ocasiones es ciega y no se siente, pero hay que confiar, es la única forma de cruzar el valle de las tinieblas. Recibí el apoyo de gente que amo, una de ellas me dijo: “El amor lo puede todo”, se convirtió en el mantra que me elevó de la profundidad del averno.

Me conecté una vez más con quien soy, con la gran luz que emana de mi interior, pero me topé con un nuevo reto, aprender a sentir las emociones desde la luminosidad, porque toda una vida la había pasado creyendo que sabía lo que era el amor, cariño, felicidad, cuando en realidad lo estaba experimentando desde una oscuridad mentirosa.

El que yo haya superado esa montaña no significa que de pronto todo esté perfecto, porque sigo luchando por no dejar que la oscuridad se apodere de mí, lo que si logré fue obtener el dominio de mi ser para fortalecerme y evolucionar en la persona que quiero ser.

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Experiencias trascendentales 1.0

La llegada del amanecer fue una experiencia repleta de textura y matices, tuve una sensación de integridad que no se siente todos los días. Conforme pasaban los minutos y la luminosidad aumentaba, podía percibir el alza del sol como si Dios hubiera accionado el interruptor de un controlador celestial, llenando de vida el día.

 

A la par de la llegada de un nuevo día, también un nuevo “yo”, se alzó.

Con estas palabras quiero empezar a relatar la experiencia que viví la semana pasada en ceremonia de Ayahuasca y Psilocibina. Admito que me da miedo escribir de ello por la opinión pública, pero también lo utilizo como herramienta de aceptación de mí mismo, de quién soy. Dejo de ocultar mi esencia. Es un camino que decidí tomar hace ya algún tiempo.

El bosque fue el espacio de práctica y liberación, la noche nos arropó dando inicio a la ceremonia, las tomas sucedieron y  a con el paso de los minutos mi mente se expandió, permitiéndome la entrada al juego astral de la consciencia.

Mi ego se inhibió y emergió; “Salvador”. El niño, el adulto, la esencia, lo real. Me sorprendí por su personalidad juguetona y llena de energía. Ahora que lo pienso, tal vez mi cansancio crónico proviene de utilizar gran parte de mi energía en mantener mi esencia bajo las sombras.

Durante la noche fui  un niño inocente, lleno de amor y con una palpable necesidad de sentirlo y transmitirlo. Bailé alrededor de la fogata, sentí las canciones tamborilear en mi corazón, pero también tuve que enfrentarme a la realidad, de la que se desprende una dura pregunta.

¿Quién Soy?

Me transmute en una hoja de papel que Dios tomó con sus mano y arrugó sin clemencia. Aquello que quería que permaneciese impoluto se convirtió en el eslabón más débil, esa hoja que escribí con cursiva y  buena ortografía; las leyes y caminos que rigen mi vida, como cada ceremonia, fueron destrozadas.

Recuerdo la insoportable presión de la medicina diciéndome, acepta lo que eres y mi terca negación de no hacerlo por miedo, entre las cosas que destacan recuerdo frases como:

“Extraño a _______, pero no me permito aceptarlo porque sería vulnerable”

” No quiero hacer aquello a lo que me comprometí”

“Me mantengo al margen de la vida porque me da miedo ser lastimado y rechazado”

“Necesito expresar amor; me estoy secando por mantener apariencias”

Aquella ola de totalidad terminó con una última frase que entregué a la llama de la fogata:

“¿Por qué siempre me obligo a hacer cosas que odio? ¿Por qué me obligo a vivir sintiéndome mal?”.

Lo que acabo de relatar no fue toda la experiencia, ni siquiera se acerca a la punta del iceberg, pero si dejo evidencia un aspecto importante de aquel sábado en que fui yo mismo.

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Gracias queridos lectores que me acompañan en el interesante caminar de la vida.