Una decisión puede cambiar tu vida

Reunido con mis mejores amigos comenzamos a ver vídeos que grabamos en la preparatoria (hace 3 años y medio), un sentimiento extraño me embargó, era entre nostalgia y curiosidad de verme más niño, en una etapa distinta de la vida, en la que mi manera de actuar y anhelos eran completamente distintos a los que tengo ahora, comprendí que hay decisiones que cambian el rumbo de nuestra existencia.

Tenía 18 años, me sentía en la cúspide de la juventud, pensaba que el mejor estado del ser humano era la ebriedad, fumar infinidad de cajetillas de cigarrillos, alimentarme de basura chatarra y constantemente buscar una chica hacia la cual expresar mi anhelo de ser amado.

No era feliz, me sentía preso en el interior de alguien que no era yo, buscaba por diferentes medios salir de la existencia que llevaba, pero me era imposible porque los hábitos que tenía abogaban para que mi estilo de vida continuara tóxico y sin sentido.

Faltaban unos meses para graduarme, iba a estudiar una licenciatura en administración y negocios internacionales, porque tenía la certeza de que era una carrera que me daría la oportunidad de generar mucho dinero y tener la posibilidad para hacer lo que quisiera, mi más grande anhelo siempre ha sido ser libre.

El problema es que cada día eran más intensos los ataques de pánico, recuerdo estar en clases y sentir como me atrapaba la ansiedad, tener la necesidad de salir huyendo de la escuela para estar solo, sentarme cerca de un árbol y esperar a que la crisis pasara, fueron días oscuros.

No encontraba salida, pero sabía que el camino que estaba tomando no era el correcto para mí, por lo que tuve golpes de realidad lo cuales me llevaron al proceso de comenzar a aceptarme, entendí que yo no estaba hecho para enfocar mi vida en el constante anhelo por tener más, que deseaba estar cerca de la naturaleza, en específico el mar, que estaba buscando espiritualidad y sentirme en plenitud, lo cual era el polo opuesto a la vía que estaba llevando.

Poco antes de salir de la escuela, desperté un día con la alternativa a mis problemas, que fue irme a vivir 6 meses con mi abuelo, quien lleva varios años asentado en esa zona. El tiempo que pasé allá con él, cambio por completo mi concepción del mundo, la vida y el camino que quería llevar, mi abuelo me ayudó a dejar los vicios, a transformar en mi relación con otras personas y a darme cuenta que no me hacía feliz la vida que llevaba.

Escribir sobre mi experiencia allá será tema de otro post, pero a lo que quería llegar es que si yo no hubiera tomado la decisión de salir de mi esfera, probablemente algo muy malo me hubiera sucedido, porque mi situación personal estaba llegando a un nivel crítico en el que en cualquier momento iba a explotar, fue una resolución que direccionó mi vida hacia un camino positivo.

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Para hacer cosas imposibles es necesario amar

Me encontraba sentado en la densa oscuridad con los ojos cerrados, meditando, dejé que todo aquello que me hacía sentir mal, bloqueado y acongojado saliera de su madriguera y se presentara frente a mí, no intenté juzgarlo o eliminarlo, tan permití desfilar a la gran pasarela de monstruos terribles.

Cada uno me mostró sus peores venenos, la manera en que me podían hacer daño y también lo que se escondía detrás de cada uno de ellos, el miedo al futuro, una mala relación con un ser querido, palabras de odio hacia otro ser, cuando por fin terminaron de pasar reino el silencio.

De esa calma brotó el tallo de una planta, pequeña y casi imperceptible, que se convirtió en una flor colorida y de dulce fragancia que se impregnó en todo mi ser, era el amor. Una palabra prostituida y tan utilizada para expresar afinidad hacia otro ser humano, pero que verdaderamente es la clave para que la vida se despliegue y se llene de riqueza.

Comprendí que si quería tener mejor relación con la gente que me rodea, disfrutar de mi cotidianidad y poder estar con otro ser, tenía que consagrarme al amor, esto no quiere decir que por haberlo decidido, mágicamente todo se convertiría en amor y paz, pero si quiere decir que cada vez que realice una acción o diga una palabra sea con la consciencia plena de que lo hago en función del amor.

Al terminar la sesión de meditación volví a recuperar el sentido que añoraba en mi existencia, lo que antes me parecía pesado se había convertido en la ligera briza de la primavera, me llené de gozo por haber sentido la presencia del Gran Creador.

¿Si no tuvieras miedo qué harías?

Una mente bloqueada equivale a una gran piedra que obstruye por completo la luz de las posibilidades, es una situación deplorable para la persona que la vive porque no puede estirar su mano y escoger entre las mil opciones diferentes que se le presentan, se ve obligado a tomar un solo camino que no tiene salida. Es sofocante, ya que el vasto universo que antes se presentaba ante ti, se convierte en cuatro paredes que siguen achicándose.

Es un estado psicológico que ocurre en diferentes etapas de la vida, ya sea porque tienes que tomar una gran decisión en un momento en el que no te sientes preparado, en que debes crear o desarrollar una idea o en que te encuentras en medio de diferentes situaciones de las cuales no crees que exista la escapatoria, en resumidas cuentas estás en crisis y eso mismo abona a que nos bloqueemos más.

¿Qué hacer en estas situaciones? Entre las mil y un maneras diferentes para lidiar con esta cadencia, hay una que me ha funcionado a mí cuando en ocasiones en que no puedo ni pensar y esta es jugar un juego (valga la redundancia), el cual consiste en imaginar que ese bloqueo no existe, que tan solo es una nube ante la cual soplo y desaparece, a partir de ello comienzo a concebir diferentes cosas que podría hacer si no tuviera esa limitante.

Lo que ocurre es que la rigidez se ablanda y poco a poco vuelve a brotar de la fuente de creatividad muchas ideas nuevas, y cuando termino con esto me doy cuenta que siempre hubo un camino diferente, pero me aterrorizaba pensar en dejar de aferrarme a aquella barrera que de algún modo me brindaba cierta seguridad. Así que los invito a realizar el ejercicio y comprobar su utilidad.

Limpia tú mente para poder crecer

Entré en mi habitación, lugar en el que el descanso está permitido, estancia en la cual no es necesario entrar con cierto tipo de ropa, mejor dicho en la que ni siquiera se necesitan prendas, donde la creatividad fluye y hasta el llanto aflora. Cuna de creaciones y asesina de pasiones, pero que en ese preciso momento más bien era un dique de contención para todo aquello.

Expedía un terrible hedor a humedad, soledad y depresión, estaba saturado por la acumulación de basura y malos sentimientos, un ambiente que fomentaba al suicidio espiritual, en resumidas cuentas un caos. Me invadió un ataque de ansiedad y los monstruos de papel me arrinconaron en la esquina de mi cuarto, hasta que me decidí a limpiar aquel lugar.

Me armé con la mejor disposición a revolucionar la habitación, además de muchas bolsas de basura y desinfectantes. Primero corrí las persianas y dejé que la luz del sol iluminara la estancia, posteriormente abrí de par en par las ventanas, una ráfaga de aire fresco dominó al fétido hedor que ahí se había instalado.

Saqué un montón de basura, desde cartas sin remitente, lazos rotos, hasta ese amor no correspondido que tanta energía me había quitado. Arranqué de las paredes todas aquellas relaciones tóxicas que se alimentaban de mí, tuve que extirparlas hasta la raíz porque lloraban y suplicaban mantenerse ahí.

De la cama tuve que sacudir recuerdos de intimidad, de entrega hacia otro ser, que me mantenían atado a unas sábanas y una almohada que simplemente me habían dejado de pertenecer, una gran nube de polvo salió por la ventana para nunca más regresar.

Después de varias horas y muchas lágrimas derramadas logré la misión, mi cuarto una vez más estaba pulcro, me paré y observé con placer la estancia que ahora se veía vacía, tenía unos cuantos libros, la cama, y un escritorio. Nada más que lo necesario, tal vez esa limpieza que hice no fue de mi habitación, sino más bien de mí ser esencial que necesitaba deshacerse de tanto para poder crecer.

Llorar no es malo, al contrario, te limpia.

Una vez más me iba a reunir con mi maestro de luz, el gran mago Merlín, conocido por sus grandes hazañas con el manejo de la magia, este día nos íbamos a encontrar en nuestro lugar favorito, un pequeño claro en el cual resaltaba la majestuosidad de un gigantesco roble, bajo el cual nos gustaba dialogar.

Al llegar ahí, pude ver a lo lejos la figura de aquel anciano de barbas blancas, que a pesar de la edad se percibía como un ser de gran poder, sus arrugas no amedrentaban su enorme fortaleza, me recibió con un gesto de su mirada y me fui acercando hasta que pude distinguir la bondad de sus ojos.

— Maestro, tengo tanto que quiero preguntarle, hay mucho que quiero saber. — Dije entusiasmado al mago.

— Si quieres recibir nuevos aprendizaje primero debes desechar tu basura interna.

— ¿A qué se refiere maestro? — Pregunté desconcertado.

— Mira, estás molesto porque Lucía no te ama como tú a ella, eres un hombre engreído, soberbio y egocéntrico. Nunca podrás avanzar si no te liberas de ello.

Fue como si hubieran accionado un interruptor, todo pensamiento de bien se nubló y mi ser se convirtió en un torbellino de ira.

— Veo como la ira también toma posesión de ti. — Dijo Merlín tranquilamente. — Llora Ezequiel.

Por un momento me calmé e intenté descifrar las palabras que Merlín me decía.

— No puedo llorar maestro, mi padre me enseñó que es sinónimo de debilidad. — Conteste negando a las palabras del viejo.

— El cuerpo humano es más sabio que tu padre, cuando la presión alcanza su límite y no hay manera relajarse, se acciona el mecanismo del llanto, que depura y limpia no solo la materia, también el espíritu.

— Pero… Maestro… No sé cómo hacerlo.

Con un dedo me hizo callar y antes de desaparecer en un abrir y cerrar de ojos me dijo:

— Busca dentro de ti, nos volveremos a encontrar cuando hayas superado esto.

Me quedé solo bajo el gran árbol y como un presagio, el cielo se nubló y unas pequeñas gotas comenzaron a caer, decidí integrarme a ese sentimiento universal. Juntos la tierra y yo nos sincronizamos, lloramos, depuramos y una vez más dimos paso a que la vida siguiera.