¿Si no tuvieras miedo qué harías?

Una mente bloqueada equivale a una gran piedra que obstruye por completo la luz de las posibilidades, es una situación deplorable para la persona que la vive porque no puede estirar su mano y escoger entre las mil opciones diferentes que se le presentan, se ve obligado a tomar un solo camino que no tiene salida. Es sofocante, ya que el vasto universo que antes se presentaba ante ti, se convierte en cuatro paredes que siguen achicándose.

Es un estado psicológico que ocurre en diferentes etapas de la vida, ya sea porque tienes que tomar una gran decisión en un momento en el que no te sientes preparado, en que debes crear o desarrollar una idea o en que te encuentras en medio de diferentes situaciones de las cuales no crees que exista la escapatoria, en resumidas cuentas estás en crisis y eso mismo abona a que nos bloqueemos más.

¿Qué hacer en estas situaciones? Entre las mil y un maneras diferentes para lidiar con esta cadencia, hay una que me ha funcionado a mí cuando en ocasiones en que no puedo ni pensar y esta es jugar un juego (valga la redundancia), el cual consiste en imaginar que ese bloqueo no existe, que tan solo es una nube ante la cual soplo y desaparece, a partir de ello comienzo a concebir diferentes cosas que podría hacer si no tuviera esa limitante.

Lo que ocurre es que la rigidez se ablanda y poco a poco vuelve a brotar de la fuente de creatividad muchas ideas nuevas, y cuando termino con esto me doy cuenta que siempre hubo un camino diferente, pero me aterrorizaba pensar en dejar de aferrarme a aquella barrera que de algún modo me brindaba cierta seguridad. Así que los invito a realizar el ejercicio y comprobar su utilidad.

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Está en tus manos dejar de ser miserable

Está en tus manos la posibilidad de sentirte miserable o ser la persona más afortunada, tú decides entre vivir una existencia deplorable o la más dichosa de las vidas, tienes el poder de cambiar el camino por el cual estás transitando, busca el corazón de las cosas.

Hay etapas en que sentimos que nuestras acciones no tienen repercusión, en que todo parece negativo y en las cuales es imposible pensar en sentirnos en plenitud, en ese tipo de situaciones suelo tirar la toalla, poner mi vida en pausa, existir como si fuera un fantasma que cruza por la cotidianidad hasta que encuentro algo externo que me saca adelante, pierdo por completo la fe en mí.

Siempre he logrado salir del abismo, pero estoy cansado de caer tantas veces y de necesitar que alguien más me cargue en sus hombros hasta que recupere la luz que se apagó en mí, estoy harto de que la gente tenga que convivir con mis demonios y de convertirme en un peso para los que amo. Porque el tiempo pasa y no perdona, me pierdo de un sinfín de experiencias enriquecedoras por estar inmerso en las arenas movedizas de mi mente.

Así que cambiaré mi pensamiento a la confianza en que soy poseedor del poder y la fuerza que necesito, van a haber veces en que tendré que visualizar el bienestar que deseo, en que deberé creer en mi esencia, en que la fe no se va a sentir en el corazón, pero que si persevero y continúo adelante, el sentir que tanto añoro va a llegar.

Como una señal de lo alto, leí estás palabras del gran poeta sufí Rumi, “A cada momento doy forma a mi destino con un cincel – soy el carpintero de mi propio espíritu”, es un pensamiento que sirve como bálsamo medicinal, la esperanza de la luz al final del camino.

 

Limpia tú mente para poder crecer

Entré en mi habitación, lugar en el que el descanso está permitido, estancia en la cual no es necesario entrar con cierto tipo de ropa, mejor dicho en la que ni siquiera se necesitan prendas, donde la creatividad fluye y hasta el llanto aflora. Cuna de creaciones y asesina de pasiones, pero que en ese preciso momento más bien era un dique de contención para todo aquello.

Expedía un terrible hedor a humedad, soledad y depresión, estaba saturado por la acumulación de basura y malos sentimientos, un ambiente que fomentaba al suicidio espiritual, en resumidas cuentas un caos. Me invadió un ataque de ansiedad y los monstruos de papel me arrinconaron en la esquina de mi cuarto, hasta que me decidí a limpiar aquel lugar.

Me armé con la mejor disposición a revolucionar la habitación, además de muchas bolsas de basura y desinfectantes. Primero corrí las persianas y dejé que la luz del sol iluminara la estancia, posteriormente abrí de par en par las ventanas, una ráfaga de aire fresco dominó al fétido hedor que ahí se había instalado.

Saqué un montón de basura, desde cartas sin remitente, lazos rotos, hasta ese amor no correspondido que tanta energía me había quitado. Arranqué de las paredes todas aquellas relaciones tóxicas que se alimentaban de mí, tuve que extirparlas hasta la raíz porque lloraban y suplicaban mantenerse ahí.

De la cama tuve que sacudir recuerdos de intimidad, de entrega hacia otro ser, que me mantenían atado a unas sábanas y una almohada que simplemente me habían dejado de pertenecer, una gran nube de polvo salió por la ventana para nunca más regresar.

Después de varias horas y muchas lágrimas derramadas logré la misión, mi cuarto una vez más estaba pulcro, me paré y observé con placer la estancia que ahora se veía vacía, tenía unos cuantos libros, la cama, y un escritorio. Nada más que lo necesario, tal vez esa limpieza que hice no fue de mi habitación, sino más bien de mí ser esencial que necesitaba deshacerse de tanto para poder crecer.