El poder de las palabras

Un sabio amigo una vez me dijo,”Las palabras son hechizos, con los que vas creando tu realidad”, en su momento se me hizo interesante, pero con el paso de los años cada día ha cobrado más sentido esa frase. Uno de los aprendizajes más grandes de mi vida ha sido:

La importancia de la palabra.

Te puedes dar cuenta de quién es una persona por su diálogo, si prestas la suficiente atención encontrarás el subtexto que se esconde bajo la superficialidad, por ejemplo:

“Prefiero estar solo, odio a la gente, si por mi fuera nunca saldría de mi cueva”. Expresa un miedo gigante a ser rechazado por la sociedad.

 

Las palabras funcionan primero que nada, para exponer los miedos que se quieren ocultar, segundo, decretan la manera en la que quiero que se rija mi vida y tercero llenan de veneno a la gente que me escucha.

Utiliza con sabiduría tus palabras, cambia las oraciones negativas a positivas, habla cuando te nazca y no para llenar espacios. Es terrible la tensión que se genera por el silencio  entre dos personas que no tienen tema de conversación, pero me parece todavía peor hablar al azar para cubrir el vacío.

Últimamente hablo menos, observo y escucho más, lo cual me hace encontrar maestros en todas partes, cada persona me deja algo de sí mismo con su conversación y también cuando me nace platicar mis palabras tienen mayor poder y repercusión en quien está frente a mí.

Te invito a que observes la manera en la que hablas, si dices muchas cosas negativas o malas palabras, si tus temas de conversación son superficiales o llenos de aprendizaje, al igual que escuchar a tu gente más cercana e intentar descifrar lo que realmente necesitan y verás como vas a generar un gran cambio a partir de pequeñas acciones.

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Madurar duele, acéptalo y crecerás

La llegada del invierno marca el marchitar de la temporada, como el desvanecer de un sólido que se queda sin esencia, las hojas se deslizan secas bajo la fuerza de un viento que las lleva a un destino incierto.

El ser humano también experimenta dentro de si un cambio de estaciones.  El niño no sabe el dolor de la madurez, pero cuando llega el momento de hacer la transición, se le presentan dos opciones: aceptar el cambio o perecer. Si decide acceder, debe entregarse al sufrimiento que trae consigo la transformación; en cambio si decide negarlo, no significa que físicamente va a morir, más bien es entregar su espíritu como sacrificio para “salvar” su comodidad.

Nadie sabe que es lo que le espera del otro lado, el joven se retuerce de miedo al pensar en los demonios que va a encontrar al cruzar el río. Los que ya lo han cruzado lo exhortan a ser fuerte y entregarse a la evolución de consciencia. Mientras que aquellos que renegaron al crecimiento, lo asustan y maldicen su camino, porque el joven tiene el corazón suficiente para dar el siguiente paso.

El muchacho se sienta a esperar la llegada del invierno, observa su reloj con impaciencia mientras en su interior siente el consumir de su antigua persona, las hormigas del cambio extinguen lo mundano. Vuelve a mirar el reloj, tan solo unos cuantos segundos han transcurrido, “¿Cuándo llegará el final?”, se pregunta. Aparece un maestro, tiene la cabeza rapada y una barba blanca como la nieve, su mirada seria se esconde detrás de los anteojos. Lo observa con seriedad y extiende su mano para ayudarle a levantarse.

Lo primero que le enseña es a trabajar en si mismo, lo siguiente a ser paciente,

“Cada persona tiene su tiempo, no intentes acelerar el tuyo, fluye de manera orgánica”, le dice con su dura voz.

El chico quiere entender, desea con todo su corazón imitar al maestro a quien ama por haberle salvado, pero no puede entenderlo porque está del otro lado. Logra ver el premio a la distancia, pero por más que brasea a través de las densas aguas de la existencia, no llega a su destino.

Un golpe con el bastón, el muchacho se soba la cabeza y reclama.

“Deja de fantasear, mata la mente”, replica el maestro, “No pienses en la meta, vive tú camino y recoge los nutrientes que necesitas para fortalecerte, esto tan solo ha comenzado”.

El joven se abruma y llora con desesperación, se siente incomprendido, abandonado y débil, pero tiene fe en su maestro y eso le hace creer en si mismo también.

Se levanta y continúa con su camino, sabe que caerá, comprende que será difícil, pero nunca más vuelve a dudar de su capacidad.

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¿Por qué nos da miedo ser reales?

Hay una escultura bellísima, todos la elogian por la suavidad de sus lineas, por la fineza de su material y la propuesta innovadora que emana. Hasta que encuentran un defecto. Es un simple detalle, pero excavan tanto que  llegan a la conclusión de que toda la obra es una porquería. Todo por esa nimiedad.

Ahora imagina que esa escultura es una persona, que trabaja su apariencia para ser perfecta a los ojos de los demás, pero un día la gente descubre que tiene algo que no cuadra con esa perfección (claramente aparente) y es juzgada de ser un fraude.

La realidad es que desde un principio no fue real, porque buscar agradar al otro es modificar lo que uno es, para ser del gusto común y claro siempre habrá algo que desagrade y desenmascare la mentira.

¿Por qué nos da tanto miedo ser reales?

¿Acaso la opinión pública nos va a partir por la mitad?

Nos asustan tanto los juicios, que somos capaces de cambiar todo lo que somos para encajar en la sociedad. Al grado que hacemos cosas que odiamos para ser aceptados. Fingimos ser como los demás para que nos quieran. Hablamos como el de al lado para no estar solos. Nos abandonamos para ser amados, pero es imposible que nos amen si somos una mentira.

Nadie nos puede privar de lo que somos más que nosotros mismos.

Las palabras son invisibles, dentro de nosotros está siempre la posibilidad de hacerlas flechas que penetren y destruyan o negarles el paso a nuestro corazón.

El rechazo duele, lastima y  nos asusta, pero duele más pretender ser algo que no somos para quedar bien frente a los demás.

Queridx lectorx, te invito a dejar de esculpir una belleza externa que esté vacía en las entrañas. Trabaja por ser real, da el clavado a tu interior y encuentra lo que te hace ser únicx. No dejes que los juicios te devoren, tú eres más fuerte.  

La persona más hermosa es aquella que se acepta tal cual es.

 

 

Vive tu vida como necesites vivirla

Imagina que caminas por una brecha de tierra, tus zapatos empolvados, las piernas cansadas de tanto caminar, lo único que te mantiene es la esperanza de llegar a un maravilloso destino.

Después de mucho andar llegas ante una disyuntiva, en la que puedes tomar cualquiera de los dos senderos:

El de la izquierda, te dará riquezas y alegría inmediata; vas a ser el rey de lo mundano, poderoso e invencible. La gente te va a respetar por tu fama y posesiones, pero el sacrificio que deberás hacer, es abandonar tu esencia, lo que realmente quisieras ser.

Por otro lado, en el camino de la derecha, te anticipo que vas a  sufrir. El trayecto va a estar lleno de pruebas que te van a hacer sentir impotente e incapaz de seguir adelante. La recompensa será que al final vas a experimentar un estado de plenitud que creías imposible, pero a cambio serás un rebelde contra el sistema y tus posesiones materiales van a ser mínimas.

¿Cuál de las dos opciones escogerías?

La izquierda tiene más atractivo a primera vista, porque tendrás los lujos que toda estrella del cine tiene, pero a cambio vas a  perder la esencia que te define y eso es lo peor que le puede pasar a alguien, porque después de todo te das cuenta que no hay una cantidad de dinero suficiente para hacerte feliz.

Yendo por la derecha aceptas renunciar a lo mundano, sé que es difícil de visualizar y todavía más de realizar, en parte porque la gente rechaza a los que no tienen éxito en lo material, pero piensa esto:

¿Qué te va a importar, si vas a sentirte feliz hasta la raíz?

La verdadera riqueza se encuentra en lo invisible a los ojos, recuerda que nada es permanente.

Que quede clara una cosa: No estoy hablando de que tienes que convertirte en un mártir o un monje sin pertenencias, mejor aún, lo que digo es que te transformes en una persona que elimina de su vida lo que no le sirve y con esto aprende a vivir con lo poco que le hace sentir feliz.

Vive tu vida como necesites vivirla, deja a un lado las opiniones de terceros, solo tú sabes lo que te hace feliz.

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Reconciliación con nosotros mismos

Hay un chico sentado en una banca del parque, su expresión es seria, sombría; mira a las palomas que buscan migajas de pan para abastecer su hambre, misma que él siente hacia ser feliz.

También observa a la gente; parejas, solteros, familias, amigos, que al final del día son seres humanos como él que día con día siguen una misma rutina, luchan por conseguir sus sueños y superan sus crisis existenciales.

Cada uno con sus diferentes limites, la diferencia que él tiene con ellos, es que él no quiere ser feliz hasta que no alcance la cumbre de su existencia:

Éxito profesional, mente abierta, espíritu pleno, amor en abundancia, seguridad económica, libertad total.

Visualiza cada una de sus metas y mide la distancia para alcanzarlas que sigue siendo abismal; a pesar de que año con año da un paso para acercarse a ellas. Se frustra, se mira en el reflejo del charco y se escupe con repudio, comienza un monólogo de rabia y odio consigo mismo.

— ¡¿Cómo puede ser que a ésta edad sigas luchando contra los mismos demonios?!— Se dice con desprecio.

— Es que tú no entiendes lo difícil que es para mí superar esos miedos, yo solo quiero sentirme bien, todo lo demás es complementario. — Se contesta arrepentido.

— ¡Deja de lamentarte pedazo de mierda! Entiende que la única manera de ser grandes es alcanzando lo que nos hemos propuesto.

— ¡Déjame en paz, me queman tus palabras, ya no quiero ser tu esclavo! — Se responde entre sollozos.

La gente que pasa por el parque lo mira confundida, un hombre piensa en acercarse a ayudarlo, pero él lo aleja con un movimiento de manos. No padece demencia, tan solo es otra persona que no puede lidiar consigo mismo, que día con día pierde la batalla contra su propio ser.

¿En dónde reside la verdadera felicidad?

Existen mil y un teorías diferentes, yo creo que se encuentra en lo más sencillo, como la reconciliación con nosotros mismos.

Página en blanco

Tratar de medir la creatividad en tiempo transcurrido es uno de los aspectos que más bloquea su flujo, porque no es un trabajo medible, no podemos determinar con exactitud el tiempo que tardaremos en lograr que la inspiración tome posesión de nosotros, nos penetre y nos permita utilizar la energía divina para crear obras trascendentales.

Cualquiera puede escribir, pintar, dibujar y esculpir, pero los verdaderos artistas son aquellos que humildemente permiten que Dios funja como maestro de títeres y guíe sus trazos y palabras de acuerdo a su fin.

Son aquellos que se enfrentan al miedo de hacer una mierda, porque en muchas ocasiones al estar frente al lienzo en blanco lo único que pasa por la mente es: “No quiero cagarla”, ¿Cómo superar al antiguo yo? ¿De qué manera seré mejor que antes? Con valentía, frente a un miedo que nos paraliza y hace temblar.

Es estar parado frente a una ola que te dobla cuatro veces la estatura, sin la posibilidad de huir y con la plena consciencia que será un encuentro doloroso, en el que serás azotado por una fuerza superior a ti, que tu mejor opción es aligerar el cuerpo y fluir con el agua que te va a moldear de acuerdo a su gusto, porque si opones resistencia saldrás lastimado, parapléjico y en el peor de los casos muerto.

Así es la vida, una danza sin expectativas, que deja que los brazos se extiendan y el pecho se alce al cielo para abrir el corazón, mientras más intentemos dominar y sentir seguridad peor la pasaremos, dejemos que la realidad caiga bajo su propio peso.

Para hacer cosas imposibles es necesario amar

Me encontraba sentado en la densa oscuridad con los ojos cerrados, meditando, dejé que todo aquello que me hacía sentir mal, bloqueado y acongojado saliera de su madriguera y se presentara frente a mí, no intenté juzgarlo o eliminarlo, tan permití desfilar a la gran pasarela de monstruos terribles.

Cada uno me mostró sus peores venenos, la manera en que me podían hacer daño y también lo que se escondía detrás de cada uno de ellos, el miedo al futuro, una mala relación con un ser querido, palabras de odio hacia otro ser, cuando por fin terminaron de pasar reino el silencio.

De esa calma brotó el tallo de una planta, pequeña y casi imperceptible, que se convirtió en una flor colorida y de dulce fragancia que se impregnó en todo mi ser, era el amor. Una palabra prostituida y tan utilizada para expresar afinidad hacia otro ser humano, pero que verdaderamente es la clave para que la vida se despliegue y se llene de riqueza.

Comprendí que si quería tener mejor relación con la gente que me rodea, disfrutar de mi cotidianidad y poder estar con otro ser, tenía que consagrarme al amor, esto no quiere decir que por haberlo decidido, mágicamente todo se convertiría en amor y paz, pero si quiere decir que cada vez que realice una acción o diga una palabra sea con la consciencia plena de que lo hago en función del amor.

Al terminar la sesión de meditación volví a recuperar el sentido que añoraba en mi existencia, lo que antes me parecía pesado se había convertido en la ligera briza de la primavera, me llené de gozo por haber sentido la presencia del Gran Creador.

Días difíciles

Hay días en los que desde el momento en que abro los ojos deseo con todo mi ser convertirme en un ente inanimado, como una piedra, montaña o hasta un árbol para no tener que mover un centímetro de mi cuerpo. Son días en que envidio a Mushu mi perro, porque él su única obligación es pasar la víspera echado y nadie espera que haga nada, son jornadas en que no me siento yo, pero también son las más importantes para mi crecimiento personal.

Esto es porque el progreso no se deslinda de las situaciones cómodas, es muy fácil ser constante y realizar una acción cuando no nos cuesta trabajo ni nos genera conflicto alguno, pero cuando pagamos con sudor y sangre aquello que queremos obtener, es el momento en que se impregna en nuestro ser y se convierte en parte de nosotros, son los hábitos que permanecen con el tiempo.

Hoy me siento así, enajenado, desconfiado, sin motivación, con miedo y sería muy fácil ausentarme del mundo, faltar a todas mis clases y compromisos para simplemente encerrarme a ver películas o leer un libro que me brinde la posibilidad de escapar de mi realidad, pero sería un acto cobarde porque perdería una pelea muy importante, una batalla conmigo mismo.

Por eso he decidido empezar con un reto personal en el cual durante treinta días escribiré un post diario, es un ejercicio del que he escuchado genera un cambio positivo en las personas que lo hacen ya que ayuda a desarrollar la creatividad, improvisación y sensibiliza al escritor, más porque las publicaciones se convierten en algo íntimo con el lector.

En estas líneas les describo la persona que se esconde detrás de los versos y cuentos, el que ven en las fotografías sonriendo o que parece muy relajado, éste soy yo, me presento desnudo de etiquetas.

La ansiedad como antídoto

Recuerdo la ceremonia del bosque, en cierto punto me encontraba sostenido de un árbol, estaba mareado y con el peor ataque de pánico de mi vida, buscaba una salida al sufrimiento, cuando de manera inesperada se acercó a mí el Taita, puso su mano sobre mi hombro a señal de apoyo y me dijo,

— Tranquilo, respira, deja que la medicina te cure.

En ese momento no pude entenderlo, pero decidí seguir ciegamente sus palabras, me senté frente a la fogata y dejé de evitar esa gran angustia que me producía ese estado mental.

Me inundó como la niebla que se extiende ante un valle vacío y lo cubre todo, inhalé el miedo y permití que se alojara dentro de mí, al principio me fue muy difícil, sentía ganas de salir corriendo, gritar, llorar, escapar de esa experiencia que tanto me asustaba. Bloquear la visión de la verdad que se me  presentaba, pero logré aguantar y me tranquilicé como me dijo el Taita.

Pasado un rato llegó la paz interior, todos esos sentimientos negativos que momentos antes se apoderaron de mí se habían desvanecido porque dejé de ocultarme y decidí ver.

A partir de ese momento cada vez que sufro de ansiedad y recupero un segundo de cordura entre el caos generado, recuerdo la voz del Oso y las palabras de sabiduría que me regaló, de ese modo me dejo llevar por la marea angustiosa que tanto deseo extinguir.

Nunca es fácil, siempre requiere de una gran fuerza de voluntad y mucha valentía para abrir los ojos ante la bestia que se encuentra frente a mí.

He llegado a desarrollar una teoría que deja de catalogar a la ansiedad como algo negativo y más bien la polariza a un aspecto de crecimiento, ya que es un cúmulo de energía interna, la cual es necesaria para desbloquear cierta área de nuestra vida, pero que no miramos porque nos asusta, así que pasa el tiempo y como la bola de nieve que rueda cuesta abajo, va creciendo hasta que se vuelve inevitable no verla y se convierte en un verdadero obstáculo en nuestra vida.

Bloquea todas las demás esferas de nuestra existencia y nos obliga a dejar todo en pausa para dedicarle la atención que merece, cuando esto ocurre generalmente interpretamos que algo catastrófico ha ocurrido y que debemos de buscar una salida cuando la respuesta esta dentro de nosotros.

La mejor manera de resolver esta situación es al hacer introspección y buscar aquello que nos acongoja, a pesar de que esto nos vaya a generar un dolor intenso

La ansiedad es el siempre vivo recuerdo de que no tenemos más que una pequeña parte del control de nuestra vida. Así que dejemos de obsesionarnos con tener todo calculado, con que nuestro día sea como una hilera de dominós que va a seguir el curso establecido por inercia, nada es seguro y mientras más rápido aprendamos que la vida se vive en el presente y no en el pasado o futuro, más podremos disfrutarla.

Debo aclarar que esta reflexión no pretende invalidar el proceso terapéutico o cualquier otro tipo de remedio para sanar este estado mental, tan solo es una propuesta diferente para enfrentarlo.

 

Ésta Navidad solo quiero…

Todo empieza con la llegada del invierno, un día te despiertas con un poco de frío, observas el calendario y te das cuenta que ha falta poco para terminar el año, vas por la calle y ves ofertas de luces de colores, Santas inflables y pinos en cada esquina, el típico olor a Navidad.

Una fecha que de niños nos llenaba de anhelos e ilusiones, que esperabamos con ansias todo el año y hasta nos hacía convertirnos en angelitos, con tal de recibir los regalos que tanto queríamos, pero que conforme maduramos se convierte en una pesadilla para la mayoría.

Eso es lo que no entiendo, son fechas en que la familia se reúne alrededor de un ritual común para todos: el acto de comer y regalar al otro. Al igual que se siguen diferentes pasos para realizar una gran ceremonia, desde poner el Nacimiento y el Árbol de Navidad, hasta el tradicional ponche y el bacalao, que para la gente se convierte en un agobio, porque atenta contra su bolsillo, tiempo y energías.

─ Se me va a ir toda la lana en los regalos─ Dicen unos.

─ Tengo que ver a todos esos familiares que me pudren─ Dicen otros.

─ De seguro me va a tocar poner la casa, cocinar y limpiar todo─ Unos cuantos más comentan.

Esto hace que los villancicos se vean ahogados por los coros del desdén, en el que los únicos beneficiados son los niños, que ajenos a la situación están expectantes de la calidez de ver a sus primos, abuelos, tíos y padres juntos. De recibir regalos no solo del Niñito Dios, sino de todos aquellos familiares que quieren pintar una sonrisa en su rostro.

De disfrutar de las caricaturas que más nos gustan y ver clásicas películas de estas fechas, de sentir la magia que producen estos tiempos ¿En qué momento perdimos esa inocencia y gran placer de compartir? Me parece que es una pregunta que tomaría mucho tiempo y esfuerzo explicar, pero que se resume en; exhortarlos a vivir una Navidad diferente, a disfrutar de los seres queridos que nos acompañan, a compartir no sólo con regalos, sino con el corazón, son fechas de tregua, en las cuales podemos cultivar amor, reconciliación, amistad y mucho cariño. Sin más por decir, les deseo muy felices fiestas.