Evaluar para tomar mejores decisiones

Cada cierto tiempo es necesario cerrar los ojos, respirar y poner en pausa el mar de actividades que llenan nuestra rutina, observar detenidamente cada cosa que nos obligamos a hacer y si aquello por lo que estamos trabajando nos hace algún sentido.

La palabra evaluación, me hace referencia a la primaria, a los periodos de exámenes en que de niños sufrimos nuestros primeros encuentros con el estrés innecesario, pero que ha cobrado un sentido distinto y con una connotación positiva para mí.

Evaluar es hacer un análisis sobre cierta información y emitir un juicio ya sea positivo o negativo, se nos ha enseñado que se utiliza para procesos de trabajo, escolares, de rendimiento pero nunca (o casi nunca) a aplicarla a nosotros mismos, no en un afán de juzgarnos, sino de darnos cuenta si estamos viviendo como deseamos.

Me di cuenta que doy pasos en ciertas direcciones que me hacen sentir incómodo y más que una falta de placer, me hacen sentir mal y conforme sigo tomando esos rumbos peor es mi estado interno, pero son cosas que por estar distraído en su momento no me di cuenta.

Vivir en la ciudad es vivir rápido, tomar decisiones impulsivas y mal meditadas, comprometernos con situaciones que no van de acuerdo con lo que somos; obligarnos a seguir rutas que no son nuestras y para eso es que sirve la evaluación.

Es la manera de bajar de las nubes de los pensamientos y fantasías y aterrizar aquellos elementos que son fundamentales para nosotros y también de los cuales podemos prescindir. Hoy te invito a que hagas el intento y descubras esos aspectos negativos que pueden estar bloqueando la luz de tus días.

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¿A qué venimos al mundo?

El ser humano en su afán por controlar el tiempo, se ha convertido en un esclavo del mismo, se nos enseña que aquel que tiene cada aspecto de su día controlado y esquematizado va a tener mayor éxito, se transforma la vida de la persona en una línea de producción que comienza con el sonido del despertador y termina con el cerrar de los parpados para “descansar” y posteriormente volver a empezar al día siguiente.

Hay una pregunta simple que me hago todos los días, “¿A qué vine al mundo?”, que expando y transmuto a lo universal, “¿A qué venimos los seres humanos a la tierra?”, Y sólo hay una respuesta que tiene sentido entre todas las posibles, para ser felices.

El otro día me senté a observar un hormiguero y durante largo rato vi como todos aquellos insectos iban y venían, uno detrás de otro, cargando algún objeto diferente, en ningún momento los vi parar a descansar o pensar si realmente se sentían bien haciéndolo.

Esos bichos pasan toda su existencia trabajando, no se cuestionan el porqué lo hacen, simplemente lo realizan hasta que mueren. Las personas en su mayoría hacemos lo mismo, entramos al ámbito laboral y aunque lo odiemos, no nos queda otra opción que continuar ahí hasta el final de nuestros días, unos pocos son aquellos que deciden arriesgarse y dedican su existencia a ser felices.

Esto no quiere decir que dejen de trabajar, que se conviertan en parásitos de la sociedad o que dediquen su vida a actividades superfluas, más bien son aquellos que a través de una labor que les haga sentirse plenos, que aporte a la comunidad, con sus debidos tiempos de descanso recreativos y contemplativos, han logrado la clave para una existencia feliz.

Así que he tomado la decisión de arriesgarme a encontrar lo que haga mi espíritu vibrar, aquello que haga de mi vida una experiencia trascendental y en la que pueda aportar algo a la existencia de cada uno de los que se cruza en mi camino.