La (eterna) búsqueda de la felicidad

Entre el paquete de creencias que nos instalan cuando somos niños, se encuentra la idea de pensar que la felicidad es un regalo que nos es dado al  nacer y que estamos listos para utilizar como nos plazca, cuando en realidad tenemos que luchar, trabajar por ella a lo largo de nuestra existencia.

Me apasiona el tema de la felicidad y el sentido de vida porque es lo único importante, ¿De qué sirve estar vivos si no vamos a disfrutar vivir? Es cierto que habrán momentos de enojo, tristeza y  agonía, pero no tenemos que sucumbir ante ellos.

Me gusta la enseñanza del Buda en éste tema:

“El dolor es inevitable pero el sufrimiento es opcional.”

Así que de nada sirve estar lamentándonos por lo que ocurrió en el pasado o por lo que podría pasar en el futuro, yo sé que es fácil decirlo, pero experimentarlo requiere de gran coraje.

Soy una persona que en el exterior parece en paz, en constante gozo y armonía; pero la realidad es que tengo un caos interno, en forma de basilisco que me intenta devorar día con día y contra el cual debo luchar para no caer presa de la depresión.

Hay temporadas en que pierdo, pero he aprendido a  no dejarme hundir, porque sé que a pesar de la tormenta que no me permite ver el horizonte, nada es eterno y llegara el momento en que la luz vuelva a iluminar mi camino.

Hoy los quiero invitar a que se den un tiempo de silencio y vuelvan a apostar por ustedes mismos, todos somos un Buda en potencia solo necesitamos creer en nosotros y trabajar por ello.

Buenas Vibras.

¿Cómo encender el corazón?

Tomé un sorbo de la copa de vino y dejé que el líquido color sangre bajara por mi garganta y llenara de calidez mi estómago al momento en que le decía a mi amigo que mi corazón estaba apagado.

—¿A qué te refieres con eso Jaime? — Preguntó con sorpresa.

—A que ese interruptor que generalmente está prendido, simplemente se ha desconectado, por lo que estoy imposibilitado a amar o sentir cualquier tipo de excitación por la vida.

— Lo que quieres decir  es… ¿Qué estás muerto?

—En vida puede ser, pero ese órgano sigue latiendo dentro de mí, todavía bombea sangre y me permite respirar.

—¿Y qué piensas hacer para que vuelva a funcionar?

—Si lo supiera, no estaría aquí. — Repuse sarcástico.

Levanté mi copa y brindé por todos aquellos seres que habíamos perdido la razón de estar vivos.

—Yo creo que necesitas una chispa Jaime, algo que genere la ignición del motor de vida. — Dijo Federico con preocupación.

—Tienes razón, pero ¿Dónde la encuentro?

—Yo creo que si dejas de buscar va a llegar. — Se quedó callado unos momentos y tras meditarlo un poco continúo. — A ver hagamos un ejercicio. Cierra tus ojos y esperar sin esperar nada (por más irónico que parezca).

—¿Ya vas a empezar con tus estupideces Zen? — Respondí en tono de burla.

—Sólo inténtalo, nada pierdes.

Así que cerré los ojos y deje de preocuparme por la condición de mi corazón, poco a poco me fui relajando y percibí a lo lejos en la profunda oscuridad una débil luz, que parpadeaba y luchaba por hacerse notar. Me emocioné.

Abrí los ojos para comunicar esto a mi amigo, me sorprendí, ya que me di cuenta que el escenario había cambiado y que una mano tocaba mi hombro.

Voltee al encuentro del ente desconocido que me llamaba y me encontré con una hermosa mujer, no caí en cuenta de su figura o atributos físicos. Lo que me flechó fue la luz que irradiaba su ser. Ella era la chispa que necesitaba dejar de buscar para que llegara hasta mí.

Manos llenas, espíritu vacío

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(Into the Wild, 2007)

Llegué con manos llenas, repleto por un montón de cosas que hasta me cubrían el rostro, desde buenos sentimientos hasta enseñanzas de vida y algunos rencores, pensé que con todo ese inventario iba a ser capaz de lograr mi objetivo, al fin y al cabo ya había pasado por miles de caminos; dulces, dolorosos, alegres y tristes.

Yo me catalogaba como un sabio, ¿Qué acaso no son personas colmadas de cicatrices, que han aprendido a decir palabras profundas? Así me sentía yo, como un receptáculo de vivencias, listo para disfrutar la vida, de la cual me privé por pensar que antes tenía que sufrir durante mucho tiempo para encontrar el sabor de las cosas.

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(Quino, S.F.)

Lo que ocurrió fue que al presentarme ante el Todopoderoso con este montón de cachivaches, se río en mi cara, lágrimas salían de sus ojos y se convirtió en una carcajada incontrolable, mientras yo me seguía encorvando por el peso en mis brazos.

Al terminar su festín de risas, me dio una bofetada y con mirada seria me pidió que lo soltara todo, ¿cómo podía pedirme algo así? Toda una vida de incesante búsqueda para que al final tuviera que tirarlo todo a la basura, pero así lo hice, al fin y al cabo la soberbia no me iba a servir de nada.

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(Into the Wild, 2007)

Todo cayó bajo su propio peso, montón de relaciones amorosas, miles de pedacitos de tristeza, corajes acumulados y hasta algunas promesas rotas. Poco a poco fui sintiendo aquello que no podía ser expresado con palabras; la libertad, y por primera vez entendí el desapego, esa sensación de estar vivo y feliz, sin depender de nada, ni de nadie para seguir adelante.

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(Into the Wild, 2007)

Entendí porque el amor nunca había resultado en mi vida, que esa necesidad de control y manipulación, en vez de retener, aleja a las personas, nadie quiere ser posesión de otro, el sentido mismo está en fluir juntos en una eterna danza de armonía, donde los movimientos de uno complementen al otro y viceversa.

Comprendí que todas aquellas palabras que dije, todas las lecturas y “buenas vibras” que compartí, no significaron nada, que las acciones tienen mayor valor que todos los sonidos emitidos por nuestra boca.

Concebí que la imagen que transmití a los demás, de paz, relajación y serenidad, carecía de fundamento porque en mi interior había un infierno desatado, que para expresar ese estado, primero debía sentirlo.

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(Into the wild, 2007)

Al final pude discernir que mi vida no estaba terminada, que tenía que regresar con las manos vacías y los brazos extendidos para poder abrazar, amar y convertirme en semilla de crecimiento para el mundo y para mí mismo.

Salvador Gonram.