Los miedos son del tamaño de nuestra imaginación

El guerrero se entrenó para vencer a su enemigo, monstruo feroz de gran estatura, poder y malicia. Pensaba que en su actual estado no podría hacerle frente a la bestia, así qué se sumió en las más profundas meditaciones para despertar su espíritu ancestral, realizó ejercicios físicos que hicieron explotar sus músculos hasta tonificarlos y hacerlos fuertes, se desarrollo en las más complejas artes marciales y el uso de armas para estar a la altura.

En resumidas cuentas se pulió a tal grado que no quedó ninguna pizca de la antigua debilidad que en él se había presentado. Por medio de un halcón envió un mensaje a su enemigo, se encontrarían al atardecer en el campo de batalla, solo ellos dos, para definir la victoria entre uno u otro.

Llegado el momento, el guerrero sintió nervios, reprimió la sensación con el pensamiento “lógico” de que la gente fuerte no se siente así.

De frente con su enemigo, observó que tenía una musculatura más desarrollada que la suya, dientes afilados,  y era tal su nivel psíquico que su cuerpo levitaba. De sus manos emergía oscuridad que podía moldearse en el arma más letal. Ante tal imagen no pudo reprimir un agudo temblor que recorrió todo su cuerpo, sentía que el aire le faltaba, tomó grandes bocanadas de oxígeno que no hacían más que acentuar el miedo.

Huyó despavorido desde antes de haberlo intentado, simplemente le fue imposible mover un dedo frente a tal demonio. En su dojo se sentó tomado de las rodillas a temblar, llorar y maldecir la vida.  Se dijo a sí mismo « ¿Cómo es posible que después de tanto no hayas podido?¡Eres peor escoria que él!», se dio latigazos hasta que su piel sangró implorando la dejaran en paz, pero ni aun así dejó de hacerlo.

Exhausto se desplomó sobre el suelo de madera, manchado con sangre, en un profundo sueño en el cual se presentó su maestro. Iba sentado sobre una blanca nube que cambiaba de colores conforme la emoción del momento.

— Acércate— Dijo telepaticamente.

Dócilmente se acercó cabizbajo el alumno que no había podido sobreponerse a sus propios miedos.

— Maestro.

El maestro levantó el dedo índice de la mano derecha haciéndolo callar.

— No necesito tus excusas, quiero que me digas una cosa, ¿Por qué has dejado de confíar en ti?

El guerrero iba a comenzar a hablar, pero le era imposible dar una respuesta carente de excusas, simplemente no tenía razón alguna más que el miedo.

— Me dejé dominar por el miedo.

El maestro asintió con un movimiento de su cabeza, puso sus dos manos sobre la coronilla del guerrero y le transmitió energía sanadora. Quién se desvaneció relajado.

Al abrir los ojos se encontró sobre el piso manchado de sangre, tocó su espalda para sentir las heridas, pero ya no había nada, la piel estaba lisa y sana.

Tomo una ducha con agua helada, lavó su cuerpo con cariño y una vez más salió al encuentro de su enemigo, quien seguía en el mismo lugar del día anterior. Inmóvil.

Se posó frente a él e hizo una reverencia, sintió una vez más los nervios y las ganas de huir, pero sabía que no tenía escapatoria, desenfundó su espada y con un movimiento limpio del sable, cortó por mitad a su enemigo.

Sorprendido ante tal hazaña, vio a su enemigo evaporarse como humo blanco, anonadado sostuvo con más fuerza su espada a la espera de ser atacado por la espalda, era imposible que así de fácil pudiera vencer a tal enemigo.

Alerta y en guardia, gritó a su enemigo, “¡Sal bestia inmunda, no te escondas de tu destino!”, pero pasaron los minutos y nada ocurrió. El sol resplandecía, los pajarillos cantaban, la atmósfera estaba sumida en un sopor de tranquilidad.

Una voz le susurró al oído, “Los miedos son del tamaño de nuestra imaginación”.

El guerrero hizo una reverencia y agradeció a la vida por haberle impartido tan sabia lección.

 

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