El poder de las palabras

Un sabio amigo una vez me dijo,”Las palabras son hechizos, con los que vas creando tu realidad”, en su momento se me hizo interesante, pero con el paso de los años cada día ha cobrado más sentido esa frase. Uno de los aprendizajes más grandes de mi vida ha sido:

La importancia de la palabra.

Te puedes dar cuenta de quién es una persona por su diálogo, si prestas la suficiente atención encontrarás el subtexto que se esconde bajo la superficialidad, por ejemplo:

“Prefiero estar solo, odio a la gente, si por mi fuera nunca saldría de mi cueva”. Expresa un miedo gigante a ser rechazado por la sociedad.

 

Las palabras funcionan primero que nada, para exponer los miedos que se quieren ocultar, segundo, decretan la manera en la que quiero que se rija mi vida y tercero llenan de veneno a la gente que me escucha.

Utiliza con sabiduría tus palabras, cambia las oraciones negativas a positivas, habla cuando te nazca y no para llenar espacios. Es terrible la tensión que se genera por el silencio  entre dos personas que no tienen tema de conversación, pero me parece todavía peor hablar al azar para cubrir el vacío.

Últimamente hablo menos, observo y escucho más, lo cual me hace encontrar maestros en todas partes, cada persona me deja algo de sí mismo con su conversación y también cuando me nace platicar mis palabras tienen mayor poder y repercusión en quien está frente a mí.

Te invito a que observes la manera en la que hablas, si dices muchas cosas negativas o malas palabras, si tus temas de conversación son superficiales o llenos de aprendizaje, al igual que escuchar a tu gente más cercana e intentar descifrar lo que realmente necesitan y verás como vas a generar un gran cambio a partir de pequeñas acciones.

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Vive tu vida como necesites vivirla

Imagina que caminas por una brecha de tierra, tus zapatos empolvados, las piernas cansadas de tanto caminar, lo único que te mantiene es la esperanza de llegar a un maravilloso destino.

Después de mucho andar llegas ante una disyuntiva, en la que puedes tomar cualquiera de los dos senderos:

El de la izquierda, te dará riquezas y alegría inmediata; vas a ser el rey de lo mundano, poderoso e invencible. La gente te va a respetar por tu fama y posesiones, pero el sacrificio que deberás hacer, es abandonar tu esencia, lo que realmente quisieras ser.

Por otro lado, en el camino de la derecha, te anticipo que vas a  sufrir. El trayecto va a estar lleno de pruebas que te van a hacer sentir impotente e incapaz de seguir adelante. La recompensa será que al final vas a experimentar un estado de plenitud que creías imposible, pero a cambio serás un rebelde contra el sistema y tus posesiones materiales van a ser mínimas.

¿Cuál de las dos opciones escogerías?

La izquierda tiene más atractivo a primera vista, porque tendrás los lujos que toda estrella del cine tiene, pero a cambio vas a  perder la esencia que te define y eso es lo peor que le puede pasar a alguien, porque después de todo te das cuenta que no hay una cantidad de dinero suficiente para hacerte feliz.

Yendo por la derecha aceptas renunciar a lo mundano, sé que es difícil de visualizar y todavía más de realizar, en parte porque la gente rechaza a los que no tienen éxito en lo material, pero piensa esto:

¿Qué te va a importar, si vas a sentirte feliz hasta la raíz?

La verdadera riqueza se encuentra en lo invisible a los ojos, recuerda que nada es permanente.

Que quede clara una cosa: No estoy hablando de que tienes que convertirte en un mártir o un monje sin pertenencias, mejor aún, lo que digo es que te transformes en una persona que elimina de su vida lo que no le sirve y con esto aprende a vivir con lo poco que le hace sentir feliz.

Vive tu vida como necesites vivirla, deja a un lado las opiniones de terceros, solo tú sabes lo que te hace feliz.

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¿Qué hace a un escritor ser bueno?

Hay una pregunta que me he formulado miles de veces, ¿Qué hace a un escritor ser bueno? Y no encuentro una respuesta concreta, porque hay diferentes estilos de redacción, desde los más conservadores, hasta los creativos y fantasiosos, cada uno de ellos tiene algo que los define, pero a partir de esta cadena interminable de pensamientos, llegué a una conclusión.

Ser un escritor es un oficio místico-mágico, como el de un alquimista, porque mientras el sujeto está sentado en su escritorio con sus herramientas para redactar, extrae de aquel espacio intangible el vocabulario de su lengua y con la delicadeza de un artesano toma palabra por palabra y la coloca sobre el lienzo, de modo que pueda armar un rompecabezas que tenga sentido en cada una de sus partes.

Cuando uno escribe todo importa, los adjetivos que se vayan a utilizar, los verbos, sustantivos y puntuación. Porque será lo que determine la diferencia entre una gran obra o un texto cualquiera. Las pausas harán sentir suspenso a los lectores, mientras que la libre expresión los desbocará en pasión.

Al principio la inspiración no llega y uno tiene que seducirla, poner la carnada en la mesa para que poco a poco se acerque. Cuando ya está ahí, distraída, se toma por el cuello y se devora, uno siente como sus jugos se integran en él y le brindan la creatividad necesaria para escribir.

Pasan los minutos y se entra en un estado de trance, en el que el mundo deja de existir y lo único que sigue presente es el vínculo entre el papel y la persona, la cual se ha convertido en un intermediario de la palabra.

La actividad va in crescendo hasta que llega al frenesí del clímax, en que se lanzan las palabras como conjuros, a diestra y siniestra sin importar el resultado, en el momento en que la gota de sudor mancha la hoja se marca el fin de esta etapa.

El sujeto Respira unas cuantas veces y se da cuenta de la maraña de palabras que tiene frente a si, deja que se absorba su significado y se da cuenta del sentido que tiene, sólo debe dar unas cuantas pulidas para que el lector lo pueda disfrutar, como aquel delicioso platillo que espera saborear.

De ahora en adelanté llamaré a todos aquellos que escriben como misión de vida, “Artesanos de la palabra”, porque tejemos con arte y delicadeza cada una de las narrativas que entregamos al lector.

Llorar no es malo, al contrario, te limpia.

Una vez más me iba a reunir con mi maestro de luz, el gran mago Merlín, conocido por sus grandes hazañas con el manejo de la magia, este día nos íbamos a encontrar en nuestro lugar favorito, un pequeño claro en el cual resaltaba la majestuosidad de un gigantesco roble, bajo el cual nos gustaba dialogar.

Al llegar ahí, pude ver a lo lejos la figura de aquel anciano de barbas blancas, que a pesar de la edad se percibía como un ser de gran poder, sus arrugas no amedrentaban su enorme fortaleza, me recibió con un gesto de su mirada y me fui acercando hasta que pude distinguir la bondad de sus ojos.

— Maestro, tengo tanto que quiero preguntarle, hay mucho que quiero saber. — Dije entusiasmado al mago.

— Si quieres recibir nuevos aprendizaje primero debes desechar tu basura interna.

— ¿A qué se refiere maestro? — Pregunté desconcertado.

— Mira, estás molesto porque Lucía no te ama como tú a ella, eres un hombre engreído, soberbio y egocéntrico. Nunca podrás avanzar si no te liberas de ello.

Fue como si hubieran accionado un interruptor, todo pensamiento de bien se nubló y mi ser se convirtió en un torbellino de ira.

— Veo como la ira también toma posesión de ti. — Dijo Merlín tranquilamente. — Llora Ezequiel.

Por un momento me calmé e intenté descifrar las palabras que Merlín me decía.

— No puedo llorar maestro, mi padre me enseñó que es sinónimo de debilidad. — Conteste negando a las palabras del viejo.

— El cuerpo humano es más sabio que tu padre, cuando la presión alcanza su límite y no hay manera relajarse, se acciona el mecanismo del llanto, que depura y limpia no solo la materia, también el espíritu.

— Pero… Maestro… No sé cómo hacerlo.

Con un dedo me hizo callar y antes de desaparecer en un abrir y cerrar de ojos me dijo:

— Busca dentro de ti, nos volveremos a encontrar cuando hayas superado esto.

Me quedé solo bajo el gran árbol y como un presagio, el cielo se nubló y unas pequeñas gotas comenzaron a caer, decidí integrarme a ese sentimiento universal. Juntos la tierra y yo nos sincronizamos, lloramos, depuramos y una vez más dimos paso a que la vida siguiera.