La (eterna) búsqueda de la felicidad

Entre el paquete de creencias que nos instalan cuando somos niños, se encuentra la idea de pensar que la felicidad es un regalo que nos es dado al  nacer y que estamos listos para utilizar como nos plazca, cuando en realidad tenemos que luchar, trabajar por ella a lo largo de nuestra existencia.

Me apasiona el tema de la felicidad y el sentido de vida porque es lo único importante, ¿De qué sirve estar vivos si no vamos a disfrutar vivir? Es cierto que habrán momentos de enojo, tristeza y  agonía, pero no tenemos que sucumbir ante ellos.

Me gusta la enseñanza del Buda en éste tema:

“El dolor es inevitable pero el sufrimiento es opcional.”

Así que de nada sirve estar lamentándonos por lo que ocurrió en el pasado o por lo que podría pasar en el futuro, yo sé que es fácil decirlo, pero experimentarlo requiere de gran coraje.

Soy una persona que en el exterior parece en paz, en constante gozo y armonía; pero la realidad es que tengo un caos interno, en forma de basilisco que me intenta devorar día con día y contra el cual debo luchar para no caer presa de la depresión.

Hay temporadas en que pierdo, pero he aprendido a  no dejarme hundir, porque sé que a pesar de la tormenta que no me permite ver el horizonte, nada es eterno y llegara el momento en que la luz vuelva a iluminar mi camino.

Hoy los quiero invitar a que se den un tiempo de silencio y vuelvan a apostar por ustedes mismos, todos somos un Buda en potencia solo necesitamos creer en nosotros y trabajar por ello.

Buenas Vibras.

Huyendo del sacrificio humano

Corro por la selva, soy perseguido por la multitud enardecida, alcanzo a distinguir las luces de sus antorchas a lo lejos, mi taparrabos se ha atorado con una mata, estoy desnudo, mi pene y mis testículos se golpean contra mi muslo, no me duelen, es mayor la adrenalina de salir con vida, me recuesto en la hierba y espero a que todos pasen, casi me pisa uno de ellos, continúo imperceptible; mi respiración al mínimo.

Se han ido, me pararé, lo hago, siento la navaja presionada contra mi nuca, un hilo de sangre caliente se escurre por mis hombros, maldito mi destino, maldito yo que no logré escapar, me amarran, me llevan a rastras, mi espalda está raspada por las piedras del suelo.

Al llegar allá el sacerdote ordena que me azoten, lo hacen y la piel que permanecía intacta de mi espalda se desprende como la de un plátano, es tanto el dolor que me vuelvo inmune a él, estoy rodeado por una ferviente multitud de personas, pintados con colores de guerra, soy el tributo para su Dios, si lograba escapar de ellos me convertía en un héroe, ahora seré inmortalizado para una deidad que probablemente ni exista y solo sea una excusa para que puedan seguir con estos actos violentos sin sentir un remordimiento de conciencia.

Es mejor dejarle la responsabilidad a algo desconocido que a uno mismo. Me rindo a mi destino, maldito destino, cruel, crudo y sangriento. Recuerdo el último beso que le di a aquella mujer, me llenó de vida, me hizo sentir eterno, invencible, divino, pero ahora me encuentro como la más inmunda bestia, sobre la plancha de piedra en lo alto de la pirámide.

El sacerdote toma con habilidad la cuchilla de obsidiana, mira al cielo, se hinca y recita unas palabras que dicen:

“Te entregamos esta sangre como ofrenda Gran Huitzilopochtli, bendícenos con más guerras, llena nuestros corazones de poder”.

Me mira a los ojos, pero en realidad no me está viendo, no ve al ser humano que se encuentra frente a él, tan solo mira al próximo objeto que le servirá como tributo, en una rápida sucesión de movimientos abre mi pecho con el filo de la piedra, logra perforar el hueso, con la otra mano toma con fuerza mi corazón y de un tajo corta las arterias que lo sostienen, en ese momento todo se detiene, lo jala y lo arranca de su hogar, por unos segundos miro como la vida se me escapa, la luz se desvanece, todo es oscuridad y me disuelvo en la nada.

 

Necesidades modernas

Al visualizar mi vida perfecta, me percibo en un bosque de altos pinos, escucho la melodía de una guitarra acústica al fondo, me percibo sin ropa; corriendo alegre, en éxtasis, salgo del bosque a una playa impresionante, el sol calienta mi cuerpo y la arena se siente agradable al tacto, me zambullo en el agua color turquesa, fluyo con las olas, a ratos dentro del agua y a otros fuera, me lamo un dedo y sabe a sal, sonrío y continúo con mi celebración.

Es una dicotomía, exactamente lo opuesto a lo que vivo en la ciudad que me produce ansiedad, porque aquí constantemente me siento vulnerable y atacado, el ritmo rápido me parece antinatural, los compromisos y obligaciones irreales, al igual que los ideales que se tienen sobre una existencia plena.

Me veo enfrentado ante la necesidad natural de dejar el nido, de comenzar a independizarme y el primer paso es generar dinero, una palabra que admito se ha convertido en el demonio que más me aterra, porque es el amo del mundo, la representación máxima del poder y aquel que no lo posee está perdido.

Quisiera dejar de un lado esta necesidad, pero sé que debo reconciliarme con el dinero y aprender a generarlo para que sirva como un medio para lograr mis metas de vida, pero estoy en crisis y mi única salvación es mantenerme sereno para no perder el control.

Siento que debo de escribir una solución a todo, una reflexión o moraleja pero creo que hay veces que simplemente no la hay y lo único que tenemos que hacer es dejar que la realidad se desenvuelva y estar presentes para poder actuar de acuerdo a nuestro corazón.