Heridas personales

Una habitación oscura,

El indiscreto faro de la calle ilumina la escena,

En la que está una persona sentada,

La cual tiene un cuchillo en sus manos,

Lo sostiene con fuerza, su mirada es iracunda,

Observa su antebrazo, la suave piel que le cubre,

Con un dedo presiona el filo de la navaja para probarla,

Un delgado corte, la sangre escarlata se aglomera en una gota,

Que cae sobre la baldosa del suelo,

El líquido se junta hasta formar un pequeño charco,

Con el mismo dedo escribe un texto que dice:

“Yo nunca pedí nacer en este mundo”,

Se dispone a cortar las venas que irrigan su brazo izquierdo,

Con la habilidad de un artesano práctica el corte,

Siente la presión del filo sobre su piel,

Lo va a hacer,

Alguien entra al cuarto,

Es una mujer; no es su madre, tampoco su hermana,

Tal vez una amante, eso no importa,

Lo abraza, la sangre deja de ser lo único que mancha el suelo,

Las lágrimas de ambos fluyen como un torrente fluvial,

Ella se disuelve, Él se queda solo, pero ya no necesita de nadie,

Se ha vuelto a integrar, el arma blanca es inútil para liberarlo de sí mismo,

La única respuesta está en su interior,

Se adentra en el abismo de su ser y encuentra:

Vida, amor y serenidad,

Los intenta tomar pero no puede, la fuerza no ayuda,

Una voz le susurra algo al oído, es femenina y angelical:

“Humildad”,

Abre sus brazos y expone su pecho,

“Perdona la soberbia de haber pensado en quitarme lo más sagrado que tengo”,

Las tres posesiones que buscaba caen sobre sus manos como ligeras plumas,

Sonríe y agradece.

Cae en un profundo sueño de restauración.

Deja de huir del miedo

Me escondí debajo de la cama, las sombras del piso delataban a cualquier intruso que se quisiera acercar, pero de nada servía porque yo estaba indefenso, escuché sus pasos, primero entraron al cuarto de al lado, pero no encontraron nada, la casa estaba vacía, todos habían huido solo quedaba yo para enfrentar al asesino.

Continúo entrando a los cuartos, hasta que llegó al mío, sus pisadas se fueron acercando hasta que se posaron al borde de la cama, se sentó en ella y comenzó a brincar, los resortes de la cama me golpearon la cabeza, pero eso no me molestaba, ya que todo era mejor que encontrarme cara a cara con él.

Después de un exhaustivo ejercicio se recostó y quedó profundamente dormido, me esperé unos minutos hasta que sus ronquidos inundaron el cuarto con la melodía que más deseaba escuchar. Yo sabía que mi única opción para sobrevivir era perpetrar el crimen, cambiar los papeles y convertirme en él.

Salí a gatas por debajo de la cama y abrí el cajón del buró, saqué la reluciente navaja de mi padre, le había sido heredada de su bisabuelo que participó en la Revolución y la utilizó para defensa personal. Una vez más la cuchilla seducía a su portador con el brillo de su filo, invitándolo a que lo probara en  la carne de otro ente.

Me paré frente al colchón y observé como su cuerpo se inflaba plácidamente con dulces bocanadas de aire fresco, las últimas de su vida, para dar mayor dramatismo a la escena tomé con las dos manos el arma blanca, levanté los brazos para impulsarme y que de este modo la cuchilla penetrara hasta lo profundo de su corazón, exhalé y en un movimiento feroz llevé el arma hasta su destino.

Unos centímetros antes de que tocara su piel, el tiempo se detuvo y el susurro de una fría voz me llegó al oído, «No tuviste fe».  Quise continuar con la acción pero el cuerpo ya no estaba, tan solo el colchón vacío que recibió la puñalada. Detrás de mí sentí la respiración que pertenecía a la voz que me había hablado, era él.

— ¿Pensaste que me podías ganar?— dijo suavemente, como si me quisiera tranquilizar.

No contesté y me resigné al destino del que había querido escapar.

— Si tan solo hubieras creído en tú Dios nada de esto te hubiera pasado.

Tenía razón, el malvado miedo nunca me hubiera encontrado, si tan solo yo hubiera tenido fe en Dios, pero ya era demasiado tarde, cerré los ojos y me entregué al momento en que la navaja transitó mi piel.