Madurar duele, acéptalo y crecerás

La llegada del invierno marca el marchitar de la temporada, como el desvanecer de un sólido que se queda sin esencia, las hojas se deslizan secas bajo la fuerza de un viento que las lleva a un destino incierto.

El ser humano también experimenta dentro de si un cambio de estaciones.  El niño no sabe el dolor de la madurez, pero cuando llega el momento de hacer la transición, se le presentan dos opciones: aceptar el cambio o perecer. Si decide acceder, debe entregarse al sufrimiento que trae consigo la transformación; en cambio si decide negarlo, no significa que físicamente va a morir, más bien es entregar su espíritu como sacrificio para “salvar” su comodidad.

Nadie sabe que es lo que le espera del otro lado, el joven se retuerce de miedo al pensar en los demonios que va a encontrar al cruzar el río. Los que ya lo han cruzado lo exhortan a ser fuerte y entregarse a la evolución de consciencia. Mientras que aquellos que renegaron al crecimiento, lo asustan y maldicen su camino, porque el joven tiene el corazón suficiente para dar el siguiente paso.

El muchacho se sienta a esperar la llegada del invierno, observa su reloj con impaciencia mientras en su interior siente el consumir de su antigua persona, las hormigas del cambio extinguen lo mundano. Vuelve a mirar el reloj, tan solo unos cuantos segundos han transcurrido, “¿Cuándo llegará el final?”, se pregunta. Aparece un maestro, tiene la cabeza rapada y una barba blanca como la nieve, su mirada seria se esconde detrás de los anteojos. Lo observa con seriedad y extiende su mano para ayudarle a levantarse.

Lo primero que le enseña es a trabajar en si mismo, lo siguiente a ser paciente,

“Cada persona tiene su tiempo, no intentes acelerar el tuyo, fluye de manera orgánica”, le dice con su dura voz.

El chico quiere entender, desea con todo su corazón imitar al maestro a quien ama por haberle salvado, pero no puede entenderlo porque está del otro lado. Logra ver el premio a la distancia, pero por más que brasea a través de las densas aguas de la existencia, no llega a su destino.

Un golpe con el bastón, el muchacho se soba la cabeza y reclama.

“Deja de fantasear, mata la mente”, replica el maestro, “No pienses en la meta, vive tú camino y recoge los nutrientes que necesitas para fortalecerte, esto tan solo ha comenzado”.

El joven se abruma y llora con desesperación, se siente incomprendido, abandonado y débil, pero tiene fe en su maestro y eso le hace creer en si mismo también.

Se levanta y continúa con su camino, sabe que caerá, comprende que será difícil, pero nunca más vuelve a dudar de su capacidad.

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